martes, 9 de junio de 2015

Llegó la hora (5)

Llegó la hora (5)
Introducción a la lectura y predicación del discurso de despedida de Jesús
 Juan 13-17
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero124
En el texto que nos ocupa ahora Jesús cambia de interlocutor; en cuatro capítulos les habló del Padre a ellos, ahora en un capítulo le habla de ellos al Padre, su mirada que hasta ahora había estado horizontal: hacia sus discípulos, ahora se eleva verticalmente para orar y hablar con su Padre (17:1 Cp. 11:41). El texto tiene una estructura dada en tres partes así: oración de Jesús por la mutua glorificación entre él y el Padre (vv.1-8), oración de Jesús por sus discípulos presentes (vv.9-19), y oración de Jesús por sus discípulos futuros (vv.20-26).
Parece obvio que esta oración es eminentemente misiológica, es decir; expresa las preocupaciones de Jesús sobre su Misión, la misión de sus discípulos presentes en el mundo y, la misión de los discípulos futuros. Por eso, esta oración no pretende ser un modelo para el discípulo, sino más bien procura mostrar la manera como Jesús ve la obra del Padre. Por esta razón para nuestro estudio no seguiremos al pie de la letra el bosquejo o estructura presentada con anterioridad, sino que esta exposición hará énfasis en los temas que la oración contiene. En primer lugar está la base de la Misión: la mutua glorificación entre el hijo y el padre (vv. 1-8). Aquí Jesús mira el reloj y comprende que la hora ha llegado. La hora es un tema recurrente en el evangelio y hace referencia al momento del cumplimiento del proyecto de salvación de Dios y, para el cuarto evangelio, ese tiempo de Dios se realiza en la cruz (Cp. 2:4; 4:21,23; 5:25; 12:23,27; 16:2,4). La “hora” crea tensión y expectativa.
Al llegar la hora Jesús informa al Padre que su vida en la tierra ha estado al servicio de su gloria, esto es, ha mostrado quién es Dios a través de actos concretos, ha dado a conocer el nombre de Dios, su carácter, su esencia (Ex 3:14,15; 40:34 Cp. 1:14; 11:40), pero Jesús pide ser glorificado en el lugar que menos esperaríamos: en la cruz. La forma suprema en la que se revelará la gloria de Dios será en la cruz donde la identidad divina se manifestará en la tierra tal como es en el cielo (v.5). La cruz revela la gloria de Dios porque muestra su esencia, el amor (3:16). Por esto, gloria en Juan no es aquello que deslumbra los ojos sino Cristo que alumbra los corazones. Así, la mutua glorificación posibilita la vida eterna, que consiste en conocer al Padre, este conocimiento no es académico o meramente intelectual, sino un conocimiento relacional; no es información sobre Dios, se trata de entrar en una relación personal de amor y confianza, semejante a la relación entre esposa y esposo (Gn 4:1). La vida eterna no es una asignación “post mortem”.
En segundo lugar tenemos el contexto de la Misión: el mundo (vv.14-16,18). Este se torna agresivo con los discípulos que han de tener confianza en la obra del Señor en ellos al guardarlos. La agresividad del mundo debe darse por la identificación de los discípulos con la Misión de su Señor (v.14). De esta manera no hay lugar para el escapismo (ir al cielo), pero si para la diferencia, los discípulos no buscan aplausos y la aprobación del mundo, ellos que no eran del mundo (vv.14, 16), estaban en el mundo (v.11) y no debían apartarse del mundo (v.15), sino salir al mundo (v.18). La santidad debía ser entendida no como separación física, escondida en el templo, sino como la vivió Jesús: encarnada en medio de la experiencia humana, además, esta santidad estaría mediada por la Palabra (vv.16-18). En tercer lugar están los agentes de la Misión: los discípulos presentes y futuros (vv. 9,20). Dios ha corrido, en la historia de la salvación, tres riesgos: la elección de Israel, la encarnación y la Iglesia. La misión es encomendada a agentes humanos, no a ángeles. En cuarto lugar el mensaje de la Misión: la Palabra (vv.6, 8, 14, 18, 20). El tema de la palabra conecta las tres secciones de este texto y expresa continuidad: Jesús ha dado la palabra de Dios a sus discípulos presentes, ellos darán las palabras de Jesús a otros para que crean. De esta manera, los discípulos no se inventan el mensaje, son más bien receptores y multiplicadores de este.
En quinto lugar el modelo de la Misión: la unidad del padre con el hijo (vv.11, 21, 22 Cp. Dt 6:4). La unidad de los discípulos (como el padre y el hijo) tiene connotaciones misiológicas: para que el mundo crea. De esta manera la doctrina de la trinidad no es un rompecabezas para la especulación o para decirnos que Dios es tres, sino para enseñarnos como es la vida en comunidad[1]. Un Dios cuya esencia está en compartirlo todo y, los que creemos en él deberíamos vivir de la misma manera. La unidad no es un detalle en la Misión, no es un arreglo momentáneo para la foto o por pura apariencia; es el modelo misiológico. En sexto lugar: el fin de la Misión: conocer al Padre (vv. 25-25). Al conocer al Padre, por su nombre, Jesús llama al discípulo al éxodo definitivo, a la liberación de sus esclavitudes, así como en la experiencia de Moisés, la revelación del “nombre de Dios” está directamente relacionada con los actos de liberación de Egipto (Ex 3:14). Evangelio que no libera no es evangelio. El orante y predicador mantienen la tensión entre la horizontalidad, hablar a los otros acerca de Dios, y la verticalidad, hablarle a Dios acerca de “los otros”. Fin.


[1] La formulación de la doctrina empieza con un movimiento de la Iglesia contra el monarquismo en el año 197 (adopcionismo), sigue con el modalismo expresado por Sabelio y llega a su punto crítico en la controversia contra Arrio (Alejandría) quien negaba la divinidad del hijo y del Espíritu Santo. Una respuesta provisional de la Iglesia fue el credo Niceno producto del concilio de Nicea (325).

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