viernes, 12 de junio de 2015

El paparazzi de Dios: retrato de un pecado real (1)

El paparazzi de Dios: retrato de un pecado real (1)
 2 Sam 11-12
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero125
Los años han pasado, atrás quedo el jovencito pastor de ovejas que mató a Goliat, el soldado insigne de los filisteos. También quedaron atrás  las noches y días de persecución política que Saúl, por celos, cernía sobre él. Si, indudablemente, estamos haciendo referencia a David; el dulce cantor de Israel (2 Sam 23:1). Ahora es ya “el rey David”. Han pasado los años y el reinado y la nación misma han sido consolidados[1]. Ahora David tiene que enfrentar a su mayor enemigo, tiene que pelear su mejor batalla, tiene que vencer a su peor adversario… a él mismo. Esto nos recuerda una sentencia posterior a David, que hecha tal vez desde el palacio real de Israel, dice: “Es mejor conquistarse a sí mismo que conquistar una ciudad” ( Pr 16:23). La mayor conquista es la conquista de uno mismo: el autocontrol. Hay que tener en cuenta que existe la posibilidad de ser exitosos fuera de casa y perdedores dentro de ella. Parece ser que para David el mayor peligro no estuvo en sus días de soldado “inexperto” sino en los días de su “veteranía”, de su comodidad.  La reflexión que nos concierne esta vez es harto popular: trata de un rey cómodo, David, que usa su poder para abusar de una mujer y de un extranjero. El relato, muy provocador, dramático[2]  e incómodo, no pasa a veces en nuestras iglesias de las reflexiones moralistas para los niños en el salón de clases del domingo o del predicador diciéndonos que “no seamos pecadores como David”, pero… hay más. Esta historia debe tener muchos más, debe decirnos más. Veamos.
            El relato presenta un estructura concéntrica o de quiasmo así:
A. David no va a la guerra, 11:1.
        B. David deshonra a Betsabé, 11:2-5.
          C. Muere Urías el Heteo, 11:6-27.
                 D. Natán cuestiona a David, 12:1-15.
         C’. Muere el hijo de David, 12:16-23.
       B’. David consuela a Betsabé, 12:24-24.
 A’. David va a la guerra, 12: 26-31.
El camino que tomaremos frente al relato será el siguiente: lo explicaremos todo a partir de la estructura tratando de entender el relato dentro de su contexto literario, político y teológico (el texto allá y entonces), y luego, haremos unas reflexiones para nuestros días, tratando de mirar la cuestión del poder en el ministerio, la política y la vida cristiana en términos generales (el texto aquí y ahora). Esta manera de acercarnos al texto no solo da elementos necesarios al predicador para enseñar la narración e incentivarlo a seguir investigando, sino que también toca al creyente “no predicador” en sus realidades y su día a día. Empecemos. El relato nos introduce dando la sensación de consolidación y seguridad en Israel y su rey David (A-A’). Los ejércitos de Israel hacían a sus enemigos vasallos e infundían temor militar (2 Sam 11:19). Atrás quedaron los años de luchas intestinas y derrotas militares. David ha crecido, Israel también. La nota respecto a la estancia de David en Jerusalén “cuando los reyes van a la guerra” parece sugerir que David estaba en el lugar equivocado (11:1). Era habitual que las actividades militares cesaran en invierno y se reanudaran para la primavera. David, es el comandante en jefe de sus ejércitos, debe estar en la guerra, pero… va a enfrentar, en medio de su comodidad, su mayor reto. Sucede con demasiada frecuencia que un sentido de tranquilidad y seguridad es el preludio a un fracaso “espiritual” o moral. La parte narrativa paralela a esta sugiere que, la historia se corrige o se redime cuando el rey está en donde debe estar (12:26-31), pero ya la tragedia ocurrió. El aire de sin sabor queda en el lector que puede frente, a los hechos, comentar para sus adentros: “pudo ser de otra manera”. Era mucho más apropiado para David tomar ciudades que estar tomando la esposa de su oficial.
El ocio mal dirigido, la soledad no habitada, la intimidad sin agenda, arroja sus peores resultados. Al lugar en donde no debía estar, se le suma ahora la mirada lujuriosa. Vamos a seguir viendo como justamente en el auge de la gloria de David, comienza su corrupción (B-B’). Ya lo dijo Lord Acton “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. David, se pasea por su terraza real y desde allí “ve”. Ver en este contexto es poseer. La mujer no tiene campo perceptivo. No ve, es vista. La mujer todavía no tiene nombre y aparece indefensa ante los ojos ociosos y caprichosos de un varón poderoso. La mujer esta desnuda, bañándose. La desnudez aparece tanto como una razón (desde el varón) para el deseo sexual como una situación de vulnerabilidad e indefensión. La mujer no puede hacer nada para evitar ser vista. Ni siquiera lo sabe, está en desventaja. Continuará.

[1] “La consolidación del poder de David como monarca de los reinos de Judá e Israel fue un proceso lento que debe haber tomado años. Las narraciones Bíblicas no indican la extensión del periodo, pero presentan le proceso en, por lo menos, tres etapas de importancia (2 Sam 5:11-25; 8:1-18; 20:23-26)”. PAGÁN, Samuel El rey David: una biografía no autorizada. Clie-Barcelona, 2014, p 137.
[2] SKA, Jean-Louis. Nuestros padres nos contaron: introducción al análisis de los relatos del Antiguo testamento.  Estella (Navarra) Verbo Divino, 2012, p 51. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario