lunes, 16 de marzo de 2015

La casa de Dios

La casa de Dios
Mini teología Bíblica del templo
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero118
Al leer las páginas de la Biblia no podemos negar la importancia de la institución templaria para la experiencia de fe de Israel y la iglesia. En esta pequeña reflexión sobre un tema tan rico y complejo, trataré de contestar dos preguntas fundamentales; ¿por qué necesitaba Israel un templo/tabernáculo para comunicarse con Dios?, ¿Necesitamos nosotros un templo hoy para comunicarnos con Dios? Empecemos mirando el Antiguo Testamento. En el Edén el hombre disfrutaba de la comunión plena y continua de Dios, no había necesidad de templo, la condición era la de un constante “Emmanuel” (Dios con nosotros). El séptimo día en el primer relato creacional no se cierra, no se clausura, en este no se repite el estribillo “y fue la tarde y fue la mañana…” (Gen 2:1-3). El universo recién creado es como un gran templo en donde todas las criaturas rinden culto al creador y disfrutan de plena comunión con él. Es más, al cerrar con el sábado, el relato creacional en mención termina con sabor litúrgico, invita al culto y a la adoración (Cp. Ex 20:4; Dt 5:12). El hombre es un ser religioso, vive para adorar, encuentra su sentido pleno al abrirse a la divinidad y encontrarse en la comunidad de culto.
            La situación cambia cuando el hombre peca, ahora se esconde de Dios y de esta manera pierde la comunión plena y continua con Dios, se da la ruptura con “Emmanuel”. A pesar de esto, Dios sigue interesado en el hombre, no lo abandona a su suerte, lo busca y toma la iniciativa de restablecer y restaurar la comunión. Al llamar al hombre y preguntarle ¿Dónde estás tú? Dios invita al dialogo, no quiere imponerse; quiere escuchar, quiere dialogar, quiere acompañar, quiere restaurar. La expulsión del huerto es castigo y gracia a la vez: castigo porque el hombre debe ser responsable por sus actos, gracia porque exiliado el hombre ahora experimenta el poder seductor de su creador para que se vuelva a él y sea restaurado. En el libro del Éxodo, Dios da las indicaciones para que se le construya un tabernáculo. Notemos que las dos terceras partes del libro tratan de la construcción de “la casa de Dios (Ex 25:1-8). Dios quiere morar en medio de su pueblo: en el libro Israel vive un éxodo y Dios vive también el suyo. Antes de conquistar la tierra, el pueblo debe aprender a adorar. Al final de las jornadas de construcción, la gloria de Dios llena el tabernáculo (Ex 40:34-38). Esta es la manifestación de Emmanuel, Dios viviendo en medio de su pueblo.  Ahora, con un Dios santo viviendo en medio de su pueblo, se deben tomar las medidas pertinentes; el libro de levítico, cuyo trasfondo litúrgico es el tabernáculo, es una especie de “manual” de cómo vivir delante de un Dios santo y no morir en el intento, porque un Dios santo exige santidad (Lv 19:1-2).
            Después que Israel se estableció como un pueblo sedentario y Dios les dio reposo de sus enemigos, el rey David pensó en construir una casa al Señor, ante esto, Dios mismo le hace saber por medio del profeta Natán que era el quien le haría una casa a David, hablando de la dinastía davídica (2 Sam 7:1-29). Aquí vemos otra vez a Dios tomando la iniciativa. No obstante a David se le niega la posibilidad de la construcción del templo debido a sus manos manchadas en sangre. Fue Salomón quien se encargó de la construcción del templo y llevó la obra a feliz término (1 Rey 8:22-61; 2 Cro 6:12-42). Uno de los asuntos más importantes de los relatos del templo en Reyes y Crónicas es la oración de dedicación que hace Salomón: la oración dice, entre otros asuntos, que el templo será el lugar para acercarse a Dios, pero su morada está en el cielo y desde allí los escuchará. El templo es un lugar para orar a Dios, para tener comunión y para la confesión de pecados. También se contempla el hecho de que los extranjeros vengan al templo y también se acerquen a Dios en oración (Cp. Dt 12). Ahora, el culto se pervirtió cuando el templo dejó de servir para su propósito original y se convirtió en fetiche que inspiraba seguridad a pesar de la ruina moral del pueblo y sus gobernantes (Jer 7:1-34). Por ello, cuando Babilonia invade a Judá, la institución del templo y el culto allí colapsa. Los vestigios de esperanza pos exílica que ven restaurado al templo se notan en las voces de Zacarías, Hageo y en Esdras y Nehemías; pero aun así, la gloria profetizada y narrada queda diferida. Esto último será relevante para entender la crítica de Jesús al templo y la adoración a partir de Jesús como Mesías.
            La propuesta del templo era la de establecer la comunión con Dios. Era un punto de contacto visible entre Dios y los hombres. En el libro del profeta Isaías, Dios dice que “su casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Is 56:7). Pero Israel profanó el templo con su pecado y lo convirtió en una especie de talismán/amuleto en donde ya no importaba la relación que Dios demandaba de santidad y se acercaban de cualquier manera, confiando no en Dios sino en el templo como tal, que muy a pesar de su condición lo consideraban como icono sagrado. A esta “teología de seguridad nacional” se le conoce como “la teología del monte Sión”. Miqueas critica esta forma de ver el asunto respondiendo con “la teología del monte Horeb” (Miq 6:6-8). Jeremías, como ya lo dijimos, afirma de manera fuerte y vehemente que “la casa del Señor la han convertido en cueva de ladrones (Jer: 7:1-34). Israel puso su confianza en el templo y no en el Dios de los cielos. Lo que debía ser medio se convirtió en fin. Se idolatró el templo y este dejó de cumplir su función para la cual fue constituido. Dios hará juicio sobre ese templo y levantará uno nuevo, ¿Cómo?, ¿Dónde?, ¿Cuándo? Continuará. 

martes, 10 de marzo de 2015

¿Cómo nos habla Dios?

¿Cómo nos habla Dios?
Salmo 19
convozalta.blogspot.com/ Jovanni Caballero 117
El genetista Francis S. Collins, director del proyecto Genoma Humano por más de una década, público en el 2006 su libro ¿Cómo nos habla Dios? (The language of God) en donde narra su tránsito del ateísmo a la fe. Para Collins el Genoma Humano es como una carta de Dios para los hombres, es una de las formas con la cual Dios se comunica. De la misma manera, el autor del salmo 19 cree que Dios existe y que no se ha quedado en silencio, es un Dios que se comunica y se relaciona. Así, el poeta cree que Dios nos habla de dos maneras: a través de la creación (vv.1-6) y a través de la ley o la torá (vv. 7-11). La creación y la ley son puertas que se abren al conocimiento y la experiencia de Dios. Frente a la ley el poeta es desafiado e invitado a integridad, la confianza y a la liberación (vv.12-14).
            En la primera parte del poema la creación es como una valla publicitaria que habla por sí misma de su creador (vv. 1-6). El texto es un eco del acto creativo en Génesis (1:1). Los elementos de cielo, día, noche, sol, dan testimonio de ello. Sin embargo hay un detalle llamativo: se le dedica casi la mitad de esta primera parte al sol (vv. 4b-6). Esto deja notar que el interés del texto es hacer polémica y desmitificar: hacer polémica contra la astrología babilónica y desmitificar los poderes, incluso divinos, atribuidos al sol[1]. Este, por más poderoso que sea, es simplemente creatura, que obedece a las normas de un ser superior comunicando por todos los rincones la gloria de Dios. No rige destinos, Génesis diría que sirve para marcar las jornadas, con un claro sabor litúrgico, aquello que se adoraba sirve ahora para invitar a la adoración.
            El autor deja la creación y empieza hablar ahora de la ley (vv. 7-11). Cuando se refirió a la creación como testigo de la gloria de Dios, usó el nombre genérico para Dios, el cual es sencillamente Dios o el en hebreo. Pero ahora deja el genérico y usa el nombre personal para Dios, el Señor o Yahvé en hebreo; nombre que está vinculado a la historia del éxodo y a los eventos que lo acompañan, es en dicho evento donde Dios revela el nombre a Moisés (Ex 3:14,15). La sugerencia es que el poeta está diciendo que a través de la ley se puede conocer a Dios de una manera más íntima, la creación habla de Dios pero la ley revela su nombre, su intimidad. La ley enseña, restaura, es terapéutica, tiene carácter exhortativo y retributivo para quien la guarda.
            En la última sección del poema el poeta expresa el efecto que ha tenido en él reconocer la obra divina en la creación y en la torá (vv. 12-14). Hace una reflexión donde revela su sentido de humildad e impotencia, “contemplar la gloria divina, según se revela en la naturaleza y en la ley, hace que el salmista desee vivir en integridad, y le desafíe a vivir de acuerdo con los preceptos divinos. Descubrir la grandeza de Dios le hace reconocer sus imperfecciones, que es el primer paso hacia el disfrute pleno de la vida[2]. El salmista termina expresando el deseo de no ofender a Dios, en últimas, toda esta reflexión lo ha llevado a tener un sentido de confianza y liberación: “roca mía y redentor mío” (Cp. Dt 32:4; Ex 15:13).
            Este texto nos ha puesto frente a la cuestión fundamental de la teología del AT. Creación y Palabra. La teología sistemática le ha llamado es este binomio revelación general (creación) y revelación especial (palabra); y, Francis Bacon, el padre del método científico, planteo que Dios se había revelado al ser humano de dos formas, por “las escrituras” y por “el libro de la naturaleza”. Sin embargo lo realmente importante es lo que el texto quiere decirnos aquí y ahora. El texto rechaza el viejo problema de creer que los astros influyen nuestros destinos, es decir, la costumbre de consultar el horóscopo. Pero también objeta al panteísmo (todo es dios), ya que hace una clara diferencia entre la creación y su creador. La creación debe llevarnos a la contemplación y a la admiración del creador. Como reza el viejo himno “Señor mi Dios, al contemplar los cielos…”. Esta creación se convierte en predicadora al hombre y es suficiente para que este reconozca en ella, la impronta divina (Rom 1:20-24).
            Sin embargo aunque la creación nos lleva a la contemplación, es la Palabra-Ley la que finalmente nos confronta con nuestra finitud y la capacidad para errar, es la Palabra la que nos expone (Sant 1:23,24; 2 Tim 3:16,17) y nos entrega en las manos de aquel que puede ayudarnos y guardarnos de nosotros mismos, es la Palabra la que marca el derrotero de nuestras palabras y nos conduce a la confianza y liberación en Dios. Juan el evangelista diría en el prólogo de su evangelio que la Palabra por excelencia es Jesús que tiene la capacidad para dar vida y luz a los hombres (Jn 1:1-5). De manera que Dios nos ha hablado y haríamos bien en configurar nuestras vidas a la luz de su revelación dejando a un lado toda superchería y búsqueda de revelaciones extrañas. La palabra final, revelación final de Dios fue Jesucristo (Heb 1:1,2), pongamos nuestra mirada en él. La creación invita a la contemplación, la Palabra desafía a la conversión. Fin.

[1]“Aunque los vv. 1-6 contienen paralelos a himnos al sol en Egipto y en Mesopotamia hay una gran diferencia: allí el sol es adorado y deificado, pero en este salmo la naturaleza y el sol están personificados para alabar a Dios” BRENEMAN, Mervin, Comentario Bíblico Mundo Hispano Tomo 8: Salmos. Mundo Hispano-El Paso (Texas), 2009, p 111.
[2]PAGÁN, Samuel, De lo profundo, Señor, ati clamo: introducción y comentario al libro de los Salmos, Patmos- Miami, 2007, p 193.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Sorprendidos por su presencia

Sorprendidos por su presencia 
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero116
Lo que nos sorprende es aquello que nos coge de golpe, aquello que no teníamos presupuestado, aquello que sobrepasa nuestras expectativas y cálculos. Nos sorprende aquello que no se nos anuncia, que no se nos advierte. El Dios de la Biblia es un Dios que sorprende; sorprende a los desprevenidos, a los tercos, a los angustiados y a los cómodos. Quisiera esta vez abordar una serie de textos Bíblicos en los que aparecen personas sorprendidas por la visitación de Dios y mirar la forma en la que “la teología de la sorpresa” reorienta la vida. El primer ejemplo es el de Jacob. El usurpador, que es el significado de su nombre, ha adquirido la primogenitura de su hermano Esaú por un plato de lentejas, su última conquista, la adquisición de la bendición “patriarcal”, bendición que le correspondía a Esaú, ha hecho que este último se enfurezca y quiera asesinarlo. Jacob huye y durmiendo en Haran, Dios se le aparece en sueño y lo hace depositario de la promesa de Abraham (Gen 12:1-3). Jacob reacciona a la experiencia con sorpresa y declara: “¡ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía!”(Gn 28:16). La sorpresa es tanto moral como espacial. Moral pues Dios reafirma el pacto de Abraham no con Esaú sino con Jacob el tramposo, espacial porque Jacob debe corregir su teología del Dios tribal que se manifestaba en la tienda y en su territorio, ahora, Dios lo sorprende fuera de los escenarios ya mencionados. Ante la sorpresa y la declaración de la presencia de Dios, renombra el lugar en donde está, lo llama “Betel”, que significa “casa de Dios”. Esta es una historia de gracia. El relato de Jacob, no es la historia de un tramposo que se sale con la suya, es la historia de cómo Dios puede usar a un tramposo para salirse con la suya. ¡Que sorpresa!
            El segundo ejemplo tiene rostro colectivo. En el salmo 126 se nos poetiza la experiencia vivida por aquellos expatriados que han vuelto a la tierrita. La posesión de la tierra, elemento fundamental de estabilidad y de posibilidad de supervivencia, era signo de bendición, porque implicaba la posibilidad de construir una casa, criar a los hijos, cultivar los campos y vivir del fruto de la tierra. El poeta expresa su sorpresa diciendo: “Cuando el SEÑOR hizo volver a Sión a los cautivos, nos parecía estar soñando.  2 Nuestra boca se llenó de risas; nuestra lengua, de canciones jubilosas. Hasta los otros pueblos decían: “El SEÑOR ha hecho grandes cosas por ellos” (Salm 126:1-2). El poeta, desde su presente, mira al pasado recordando un acto concreto de la historia de su pueblo: la repatriación efectuada por Dios (Esd 1-6). Los soñadores, Moisés y Jeremías, tenían razón (Dt 30:2, Jer 29:14). La acción de Dios, aunque increíble, generó alabanza en el pueblo y testimonio a las naciones. De esta manera, el Dios de Israel había cumplido su Misión: que las naciones conocieran de él, a través de los actos salvíficos en Israel (Is. 12:4-5; 43:8-13; Salmo 96:1-3). Así, el carácter sorpresivo del actuar de Dios tiene también un fin misiológico: otros conocen a Dios a través de la sorpresa.  
            Nuestro tercer ejemplo lo encontramos en la experiencia de Zacarías, quien llegara a ser el papá de Juan el Bautista (Lc 1:8-20). Zacarías como sacerdote estaba acostumbrado a su tarea y resignado a la infertilidad, Elizabeth su esposa era estéril. En lo cotidiano de su ministerio recibe la visita de un ángel, Zacarías sorprendido es visitado por la turbación y el miedo. Tras haberle tranquilizado (“No temas...”), el ángel le dirige un mensaje de consuelo: “sus oraciones han sido escuchadas”. ¿De qué modo? Elizabeth concebirá y dará a luz un hijo. Se trata de una alegría inesperada por los ancianos esposos. Ante tal sorpresa Zacarías muestras vestigios de incredulidad y el ángel anuncia que Dios hará lo que ha decidido pero, el anciano sacerdote quedará mudo. Algunos afirman que la mudez aquí es un acto de juicio por la incredulidad, quisiera sugerir que es un acto de gracia. Es gracia porque algunas veces Dios tiene que cerrarnos la boca para que lo dejemos trabajar bien y no nos tiremos el proyecto. El texto evangélico habla de la irrupción del don de Dios en la vida de Zacarías: lo extraordinario acontece en lo ordinario de sus tareas sacerdotales. El Señor toca su deseo más profundo: el de tener descendencia. El don de Dios se nos ofrece allí donde nos encontramos y nos impulsa a ir más allá.
            El último ejemplo nos viene por mediación del evangelio de Lucas también. Nos narra la historia de dos discípulos desesperanzados, frustrados y desorientados (Lc 22:13-33). Ese estado emocional fue causado por una interpretación teológica parcializada. Ellos creían en la “teología oficial” respecto al Mesías; un líder en términos meramente políticos que derrocaría a Roma y traería consigo la reivindicación política de Israel en su tierra, Palestina. Así, tierra, templo, ley, pueblo y Mesías serían el cumplimiento de largos años de espera. Por eso ellos exclamaban con desencanto “¡nosotros esperábamos…!”, demostrando con esto que ya todo estaba perdido. El giro sorpresivo acontece cuando un forastero se les acerca y cuestiona sus estados emocionales, el forastero resulta ser el mismo resucitado. Allí les interpreta las Escrituras. El forastero les dice a sus acompañantes que la Escritura debe ser leída en clave cristológica. Así, en la profundidad de nuestra noche, la noticia de la resurrección nos ha sorprendido; él está vivo y toda vida encuentra en él su fuente y su realización, su sentido y su fecundidad. La “TEOLOGÍA DE LA SORPRESA” nos invita al recogimiento y al asombro. Nos hace pensar que toda construcción teológica es provisional, que Dios va muchos más allá de los estándares y cánones que de Él hemos establecido. Nos invita a renunciar al falso dilema de lugares sacros y lugares seculares, todo lugar es “potencialmente” un escenario teológico, un espacio para experimentar al “totalmente otro” entre nosotros. Todos los que fueron sorprendidos fueron reorientados. ¡Sorpresa, Dios está aquí! 

martes, 3 de febrero de 2015

¡Sirvan con alegría! (2)

¡Sirvan con alegría! (2)
Mini teología del culto a partir del salmo 100
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero115
La segunda estrofa, vv. 4-5, se centra en la cuestión de la actitud del creyente ante la entrada al templo y la gran razón para la liturgia alegre y festiva. El texto va de lo general a lo particular, el culto es incluyente: involucra a los “habitantes de toda la tierra” y a quienes van a Jerusalén al templo para adorar. La primera parte de la estrofa con tres imperativos, entrad, alabadle y bendecid, invita al creyente a entrar al culto en el templo con la actitud correcta: se entra para agradecer, no para negociar. Israel, rodeado por culturas paganas que veían el culto como un asunto contractual, debe entender que Dios no es manipulable, que no puede relacionarse con Dios según el principio del do ut des (te doy para que tú me des). Y es que “Dios sólo puede ser el objeto de nuestro culto si primero es el sujeto que nos da el culto… los paganos se imaginaban un culto esperando ganarse el favor de los dioses por medio de él. El culto de los hebreos era un respuesta a lo que Dios ya había hecho por ellos”[1]. Pero además, esta estrofa también toca otro tema fundamental en el orden del culto hebreo: la cuestión del lugar único de culto según Deuteronomio (Dt12). Esto era un asunto de unidad nacional e identidad religiosa. La actitud agradecida evita tres tentaciones: 1). La de pensar que se puede negociar con Dios, pensar que Dios es manipulable, 2). La tentación de mirar el templo como fetiche y como símbolo de seguridad nacional, como en efecto pasó (Cp. Jer 7:4). 3). La tentación de creer que la vida es una conquista personal y no un don; se evita la tentación del orgullo e invita a la humildad. Curiosamente en el NT Pablo le dice a Timoteo que la ingratitud será el sello característico de las gentes de su tiempo (2 Tim 3:1-9). Esto no significa que la gente había dejado de ir a culto necesariamente, significa que la gente iba al culto y lo habían pervertido para sus fines personales y mezquinos.
            La segunda parte de esta estrofa, v. 5, recoge magistralmente la razón de la alabanza, de la liturgia alegre. La razón es la bondad de Dios evidenciada en misericordia y verdad que no se agota. El culto es respuesta comunitaria e individual a la misericordia y la verdad divinas. La misericordia y la verdad son palabras con mucho contenido en la teología del AT, son distinciones del carácter de Dios (hesed y emeth). No son ideas abstractas, son términos altamente personales y relacionales. Teológicamente, caracterizan a Dios en acción, en una relación con los hombres, con todos en general y con su propio pueblo en particular. Socialmente, se exigen de las personas en su relación unas con otras[2]. Al reconocer a Dios como misericordioso y verdadero, el adorador es desafiado a ser como el Dios que adora. El creyente es desafiado a vivir de acuerdo con la confesión que hace respecto a Dios. Porque finalmente, el ser humano termina pareciéndose a aquello que adora (Cp. Salm 115). De esta manera se evita la tentación de vivir dualmente la fe: se confiesa a Dios como misericordioso y verdadero en el culto y vivir, sin embargo, el resto de la semana como mentiroso e insensible. Ese culto no agrada a Dios y los profetas lo denuncian constantemente (Miq 6:6-8). Sicre afirma: “las mismas personas que oprimen a los pobres o contemplan indiferentes los sufrimientos del pueblo tienen la desfachatez de ser las primeras en acudir a los templos y santuarios pensando que el Señor se complace más de los actos de culto que en la práctica de la justicia y la misericordia”[3]. Jesús mismo critica la falta de misericordia de sus coterráneos que le reprochan porque se juntaba con pecadores y publicanos, esa falta imposibilitaba la salvación de los perdidos (Mt 9:13). Por ultimo: los siete imperativos del salmo nos recuerdan el carácter englobante y total del culto.
            Recapitulemos: 1). El culto tiene carácter mnemotécnico, le recuerda al pueblo la vocación de servicio. En el NT la iglesia ha sido liberada para servir al Señor.  El culto general y la eucaristía sirven para tener viva la memoria (1 Cor 11:24-25). 2). La liturgia de entrada le recuerda al creyente que Dios le recibe tal como es pero se resiste a dejarlo tal como es. El culto tiene la intención de transformarlo, cambiarlo. El culto debe trasformar la vida de la comunidad y del individuo o si no se pervierte. Jesús habla de la necesidad de un autoexamen cuando se va al templo a adorar (Mt 5:23-24). El autoexamen aquí es necesario para no quedarse solo en la dimensión vertical del culto, esa que solo ora a Dios pero ignora al hermano. 3). El culto es un escenario para la afirmación de la identidad como pueblo de Dios porque el culto es reflejo de lo adorado. La idea que la gente tenga de Dios dependerá en gran parte de la imagen reflejada en el culto. En la conquista por ejemplo, el cristo despojado de la Escritura se cambió por el Cristo despojador del catolicismo español. Esa percepción aún persiste hoy. ¡Qué gran responsabilidad la que tenemos! El culto convocará a la adoración o invitará a la perversión. Edesio Sánchez lo expresó así: “Dime qué clase de culto celebras y te diré que clase de iglesia eres”[4]. 4). La misericordia (o el amor) de Dios imitada en el culto nos lleva a cambiar situaciones de odios y rencores. Su verdad imitada desenmascara las falsedades propias y ajenas, las apariencias y las mentiras. Nos revela la realidad detrás de la realidad. Dios es fiel y verdadero, no es faltón, el culto nos llena de confianza. ¡Sirve con alegría! Fin.


[1] Citado por KUEN, Alfred. Renovar el culto. Clie-Barcelona, p.14.
[2] WRIGHT, Christopher. Viviendo como pueblo de Dios: la relevancia de la ética del Antiguo Testamento. Andamio-Barcelona, 1996, p. 156.
[3] SICRE, José Luis. Profetismo en Israel. Verbo Divino-Estella (Navarra), 1992, p. 413.
[4] SANCHEZ CETINA, Edesio. ¿El  poder del amor o el amor al poder? Luces y sombras del ejercicio del poder en las iglesias evangélicas. Kairos-Argentina, 2011, p. 207. 

jueves, 8 de enero de 2015

¡Sirvan con alegría! (1)

¡Sirvan con alegría! (1)
Mini teología del culto a partir del salmo 100
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero114
El culto es reflejo y espejo de la teología del pueblo de Dios, es decir, las celebraciones litúrgicas evidencian lo que la Iglesia cree de Dios y la forma en la que esta comprende la revelación de Dios en la historia. Se ha dicho con razón que probablemente uno de los puntos más débiles en la reflexión teológica contemporánea, sea la reflexión sobre el culto[1]. Tengo la leve sensación que entre nosotros el culto se percibe como una huida de la realidad, como el escenario en donde todas las realidades sociales son negadas y, por otro lado, el escenario en donde las fuerzas del individualismo, la fe hedonista, la falsa espiritualidad y las lógicas de mercado se hacen latentes. El salmo 100 nos ayuda a reflexionar un poco en el culto y en este como realidad encarnada o situada. El salmo reúne dos formas litúrgicas; por un lado el texto es “una canción de acción de gracias”; es decir, quien lee el salmo se ubica en el presente, mira hacia atrás y reconoce que la vida es un don, que la historia tiene carácter sacramental. Sabe que el agradecimiento es necesario para evitar el orgullo. Por otro lado, el poema esta dentro de la categoría de las “liturgias de entrada” (Cp. Sal 15; 24). En estas, los adoradores en el momento que llegan a la puerta del templo, perciben la realidad del Dios santo, “el totalmente otro”, diría Bart, y entran en una profunda reflexión de autoanálisis sobre sus pensamientos y acciones. Además, estructuralmente hablando, el texto presenta dos estrofas, estrofas que recogen dos grandes acontecimientos del pueblo de Israel: el éxodo y el culto en el templo. Liberación y adoración.
            Primera estrofa, vv. 1-3. Dividida en dos secciones, la primera parte de esta estrofa, vv. 1-2, recoge la idea de la celebración alegre, festiva, en el marco de tres imperativos: “aclamad, servid y venid”. Sugiero que la fuerza en esta primera parte está dada por el uso del verbo “servir”. Este verbo es el usado en el marco de la liberación del pueblo de Israel de Egipto, el pueblo sería libre para “servir” a Dios (Ex 3:2; 4:23; 7:16). La liturgia tiene la intención de recordarle al pueblo su vocación de servicio fundada en la experiencia del éxodo. En el éxodo el pueblo pasa de la servidumbre al servicio. Y es que la liberación no tenía la intención de ser un fin en sí misma sino que apuntaba al servicio, a la adoración. Por ello, después del cruce del mar rojo lo que el pueblo de Israel encuentra no es la tierra prometida sino la ley y el tabernáculo. La Palabra y el escenario para adorar, para servir. Así Israel reflejaría al Dios que lo había salvado y de esta manera las naciones acudirían al Dios de Israel. Liberación, adoración y misión son los tres ejes fundamentales de esta experiencia. Así, el culto tienen carácter “mnemotécnico”, existe para recordar al pueblo su vocación primaria y fundamental: el servicio. En actitud festiva el pueblo cuando se reúne recuerda que existe para servir, que ha sido libre para comunicar a otros esa liberación. El servicio como categoría amplia es la propuesta de vida que Dios ha dado para el mundo. El culto es la actuación del libreto original, ese que se malogró en Génesis. Cuando sucede lo contrario, la vocación se pervierte. El culto que no recuerda la liberación, que no promueve la adoración y que no apunta  a la misión es pervertido. Lo es porque no logra el propósito de Dios para su pueblo y el mundo. He notado un ejemplo claro en algunos “clubes teológicos” que discuten sobre la “elección” y la “predestinación” con mucha pasión y entrega pero que no comunican esas realidades a los perdidos con ímpetu y ardor.
            La segunda parte de esta primera estrofa, v. 3, empieza con otro imperativo “reconoced”, este plantea dos cuestiones fundamentales de la fe en Israel: el monoteísmo y el pacto. “Reconoced que el Señor es Dios”, esta es la afirmación clásica de monoteísmo judío expresado en el Deuteronomio (Dt 6:4). El monoteísmo resaltaba el carácter único del Dios de Israel frente a las divinidades cananeas y a la vez apelaba a la entrega total al Señor. En pocas palabras, la declaración monoteísta es una clara advertencia contra la idolatría[2]. Por otro lado, las frases “él nos hizo… somos su pueblo, sus ovejas”, recuerdan el pacto de Dios para con Israel; la identidad del pueblo. El pacto es recordado aquí  no como una condición privilegiada sino como posición que le recordaba al pueblo la identidad como acto gracioso de Dios para con ellos (Dt 7:3-6). Entonces, el culto genuino advierte sobre la idolatría,  sobre “la absolutización de cualquier realidad creada o cualquier producto de nuestra imaginación, cuando adoptamos ante ellos una actitud de temor, afecto o confianza absolutas[3]”. Pero el culto también promociona la identidad del pueblo. Lo primero lleva a lo segundo: el Dios único liberó a Israel  y le dio una identidad, lo creo (Gen 2:4-17). El culto protesta contra la idolatría contemporánea: las fuerzas de poder, el mercado, el yo; el culto desmantela esas realidades y no permite que quien ya ha sido libre, caiga en viejas esclavitudes. El culto celebra la gracia de Dios, esta gracia que se resiste a creer que no hay esperanza, que no hay redención, que el hombre esta absoluta y definitivamente perdido. Continuará.


[1] VARELA, Juan. El culto cristiano: origen, evolución, actualidad. Clie-Terrasa (Barcelona), 2002, p 13.
[2] El tema de la idolatría es uno de los temas que más se repiten y se previenen en todo el libro de Deuteronomio. Todo el libro prácticamente está permeado de alusiones enfáticas, directas o indirectas a la importancia de no caer en la idolatría. La frase “otros dioses” aparece 18 veces en Deuteronomio (63 veces en el A.T.) y su uso se restringe casi por completo a la tradición deuteronómica. Sánchez  Cetina, Edesio. Deuteronomio (Comentario Bíblico Iberoamericano). Ediciones Kairos, 2002, p.503. (Apéndice: Semántica de la Idolatría en Deuteronomio).
[3] José Luis Sicre, Los dioses olvidados. Poder y riqueza en los profetas preexílicos, Ediciones Cristiandad, Madrid 1979, p. 16. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Comunes y silvestres

Comunes y silvestres
Lc 6:12-16
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero113
Siempre me ha llamado la atención el hecho de “la elección de los 12 discípulos”, especialmente la narrativa de Lucas que hoy funda esta reflexión. El relato es provocador por su geografía y su numerología. El monte aquí hace eco al monte Sinaí en donde el pueblo recién liberado es inaugurado como nación santa para Dios con su vocación sacerdotal: esto implicaba que Israel era el medio por el cual Dios se revelaría a las naciones, pero Israel confundió su status de medio y llegó a creerse fin (y así llegó su fin). El número 12 afirma nuevamente a Israel en su composición tribal. Lo que Jesús está haciendo entonces es “redefiniendo a Israel”. Aun así, lo que más me llama la atención del relato es el hecho de que Jesús, antes de elegir a los 12, pasa toda la noche orando. El creyente promedio piensa y cree que la oración es un llamado de Dios a la dependencia y de esta manera no teme equivocarse pues Dios está dirigiéndolo. Pero cuando leemos los evangelios nos damos cuenta que elegir a estos doce, tal vez no fue la mejor idea; eran hombres tan “comunes y silvestres”, tan imperfectos, tan faltos, tan distraídos, tan elitistas. Y la pregunta que nos asalta es ¿para qué oro Jesús toda la noche si estos no eran “peritas en dulce”? La narración nos dirá más tarde que uno de ellos lo vendió, otro lo negó y los diez restantes lo abandonaron y que en el marco de la “última cena” se estaban peleando puestos de honor.
            Hay dos razones fuertes por las cuales creo que Jesús oro antes de la escogencia de los doce. Primero porque toda elección debe darse en el marco de la vida orante. Segundo, Jesús oro para no hacer su voluntad, nuestra tendencia es escoger a los mejores, a los más altos, los más fuertes, los más inteligentes. Creo que Jesús oro toda la noche así “Padre, líbrame de la tentación de elegir de acuerdo a criterios meramente humanos, criterios de eficiencia y eficacia, ayúdame a elegir de acuerdo a tu voluntad”. Pero los 12 son como nosotros, tan “comunes y silvestres”, sirviendo por la gracia de Dios. Para finalizar y seguir pensando, les dejo lo siguiente que encontré husmeando por ahí:

Memorandum.

PARA:
Jesús, hijo de José.
Taller de carpintería.
Nazaret.

DE:
Consultoría Jordán
Jerusalén

Estimado Señor:
Muchas gracias por enviarnos los currículum de las doce personas que ha seleccionado para que ocupen los cargos de gestión de su nueva organización. A todos ellos les hemos aplicado nuestro sistema de selección; hemos cotejado los resultados con nuestra base de datos y también han tenido una entrevista personal con nuestros psicólogos y asesores laborales. Todos hemos llegado a la conclusión de que sus candidatos no tienen el trasfondo necesario, no cumplen los requisitos académicos ni tienen las aptitudes ni la vocación necesarios para formar parte de la empresa que Ud. quiere iniciar. No entienden el concepto de equipo. Le aconsejamos que continúe buscando personas que puedan probar su experiencia y eficacia en el campo de la administración.
Simón Pedro es emocionalmente inestable, y de temperamento fuerte y rebelde. Andrés no tiene ninguna cualidad para el liderazgo. Los dos hermanos, Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, anteponen sus propios intereses a la lealtad. Tomás es muy escéptico, y su tendencia a cuestionar las cosas pueden desanimar al resto.
En cuanto a Mateo, tenemos la obligación de comunicarle que las autoridades financieras de Jerusalén le han abierto un expediente. Tadeo y Jacobo, el hijo de Alfeo, han presentado en varias ocasiones conductas radicales y trastornos maniaco-depresivos.  Sin embargo, uno de los candidatos parece tener cierto potencial. Tiene habilidades sociales y una mente apta para los negocios. También tiene contactos con altos cargos. Tiene mucha motivación, ambición y es responsable. Le recomendamos a Judas Iscariote como director de la administración de su empresa, y como su mano derecha. Todos los demás candidatos quedan, a nuestro parecer, descartados.
            Le deseamos lo mejor en su nueva empresa.

Atentamente,

Consultoría Jordán.

martes, 16 de diciembre de 2014

El villancico de Zacarías

El villancico de Zacarías
Canción de un padre sorprendido
Lc 1:67-80
            convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 112
Los villancicos remontan su origen a los siglos XV y XVI. En un principio eran canciones del pueblo, de la gente del campo; por eso se les llama “villancicos”, pues eran cantos de los labriegos, de los trabajadores rurales, que en latín se les llamaba villanus; fue en el siglo XVII cuando se introdujeron en las celebraciones religiosas. Sus letras hablaban en un lenguaje popular acerca del misterio de la encarnación, y estaban inspirados en la liturgia de la Navidad. Aún hoy los villancicos cantan y celebran el nacimiento del Salvador. En la Biblia encontramos una canción, que después de la canción que entona María, es sin dudas el segundo villancico. Quien canta es un anciano llamado Zacarías a quien Dios le ha visitado permitiendo que su esposa, estéril y anciana, conciba y dé a luz un hijo. De esta manera lo que suscita la canción es la acción de Dios en la historia de una pareja y de un pueblo. Esta canción, conocida por su nombre latín “El Benedictus”, tiene tres estrofas. Pero, ¿Qué es lo que canta Zacarías? ¿Cuál es el tema de su canción?  El tema fundamental es que, enviando al salvador, la fidelidad de Dios ha sido mostrada cumpliendo así las profecías, su pacto y ha vinculado al hijo de Zacarías en este propósito. La canción de Zacarías responde la pregunta que la gente hacía en el templo el día de la circuncisión ¿Quién será este niño? (1:66). Quién más capacitado para ello que su propio padre, ha tenido nueve meses en silencio para meditar sobre ello (Cp.1:2; 64).
            En la primera estrofa Zacarías alaba a Dios porque ha enviado un salvador (vv. 67-73). Este envío implica por lo menos tres asuntos. En primer lugar es muestra de la visita redentora de Dios para con su pueblo (v. 68a Cp. Gn 21:2; 50:24,25; Ex 3:16). La visita, la intervención especial, de Dios en la historia de este pueblo jamás lo dejará igual; lo liberará de todas las fuerzas opresoras (v. 71). En segundo lugar esta visitación se da como cumplimiento de la palabra dada por profetas. “Los profetas habían anunciado al Mesías (Cp Is 7:14; 9:1-6; 11:1-9; Jr 23:5,6; Mq 5:1). A través de este Dios salvaría nuevamente a su pueblo, como en otro tiempo ya lo había liberado de la opresión egipcia (Sal 106:10)”[1]. Este salvador, cuerno de salvación (fuerza de salvación)[2], pertenecería a la familia de David (2 Sam 7; Ez 34). Zacarías dice entonces que los suyos están asistiendo a un tiempo especial de Dios. Y en tercer lugar esta intervención es muestra que Dios es compasivo con la historia de un pueblo porque no sufre de amnesia: se acuerda de su pacto (v. 72).
            En la segunda estrofa pone el acento en que la salvación traída se da como cumplimiento del pacto hecho a Abraham (vv. 73-75). El pacto no solo hablaba de la liberación futura sino del propósito de esa liberación (Gn 15:13-19; 17:7): la adoración. Enviando al Mesías Dios actualiza sus promesas a Israel y así libre de opresiones, este pueblo podrá rendir culto continuo a Dios (servicio) sin temor, en santidad y justicia (Cp. Jos 24:7). Hasta aquí, en estas dos estrofas, notamos que: Dios actúa con base en su Palabra (promesa); la salvación tiene como fin la adoración y el tema de este himno no es Juan, es Jesús. Parece ser que el “villancico de María” ha sonado de tal modo que Zacarías sabe su tema y lo canta. En la tercera y última estrofa Zacarías se dirige a su hijo, a Juan. Él será profeta y su tarea demostrara su vocación. Irá delante del Señor para “preparar sus caminos”, para dar al pueblo conocimiento de la salvación: el perdón de pecados como resultado del amor divino. Este perdón, el cual Juan anunciará, será muestra de la visitación de Dios a través del “sol de justicia” que traerá luz e iluminará a los que viven en tinieblas, en sombras de muerte y mostrar caminos de paz (Mal 4:2; Nm 24:17 Cp Is 9:2,6; 42:7;58:8; 60:1,2).  Zacarías interpreta de esta manera la misión de Juan a la luz de las promesas mesiánicas (Mal 4:6; Is 40:2,3).
            Finalizaremos este análisis con una afirmación y un contraste. Lo primero tiene que ver con que el tema de este villancico es el evangelio: buenas nuevas para aquellos que están presos, oprimidos y desesperanzados. La llegada del Mesías (Jesús) nos permite leer la historia con esperanza, pero también nos dice que hay algo en nosotros que está mal: nuestros pecados. La navidad tiene carácter profético, denuncia y anuncia. Denuncia el pecado y anuncia el perdón y la esperanza. En segundo lugar, el villancico de Zacarías no se parece a los que entonamos hoy. Aquel promueve una revolución; estos, el Statu Quo. Los villancicos de hoy cantan felices a un niño que, desde su pesebre, no incomoda ni desafía a nadie. Pero nadie puede entonar el villancico de Zacarías sin ser convocado a un cambio, a una verdadera revolución en su vida. El creyente promedio hoy no piensa en la navidad en términos Escriturales sino culturales y comerciales. La fiesta navideña no es alimentada por la Biblia y la historia de la salvación sino por el comercio y una distinta valoración. Muchas veces no hay celebración de la vida sino a la muerte. La imagen del anciano Zacarías abrazando a su hijo Juan es paradigmática. Si no hay niños, si no hay interés por ellos, si no cuidamos de ellos, tendremos que pensar que esta sociedad está abocada a la muerte. Por esta razón la navidad es celebración de la vida. En esta navidad cantemos (no compremos) las bendiciones de Dios sobre nosotros. Fin.


[1] CARRILLO ALDAY, Salvador, El evangelio según San Lucas. Verbo Divino-Estella (Navarra), 2009, p 73.
[2] El cuerno es una imagen Bíblica que expresa poder y fuerza (1 Sam 2:10; Sal 89:25; 132:17).