miércoles, 22 de octubre de 2014

La oración y el Espíritu

La oración y el Espíritu
Lc 11:13
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 107
Para el lector inquieto, el creyente sincero que lee los evangelios para enriquecer su vida y experiencia de fe en Jesús, que ha leído y orado el padre nuestro en versión mateana, le llama la atención la forma en la que Lucas termina el padre nuestro; con la inclusión del Espíritu Santo. La pregunta que le suscita el texto pueda que sea la siguiente ¿Qué tiene que ver el Espíritu Santo en la oración? Esta pregunta será la que guiará la siguiente reflexión. Sugiero que Lucas incluye al Espíritu Santo en su versión del padre nuestro al menos por cuatro razones: la primera es una razón cristológica. Cuando empezamos a leer la historia de la salvación y específicamente la cuestión de la esperanza mesiánica, nos damos cuenta que junto a ella está vinculada la promesa del Espíritu (Is 42:1; 61:1-4; Ez 36-37).  El paquete de la esperanza mesiánica trae consigo la promesa del Espíritu de Dios. Ahora, Jesús de Nazaret como persona concreta y situada, asume para si las narrativas y la historia de su pueblo Israel; él es el mesías prometido. Por lo anterior, es apenas obvio que Lucas haga tal inclusión: esta oración, que pide por el reino de Dios instaurado en la persona y obra de Jesús de Nazaret como mesías, no olvida que este mesías traerá el don de los dones: el Espíritu Santo de Dios. Hoy por hoy, las grandes incomprensiones y perversiones de la doctrina y experiencia del Espíritu tienen que ver con el hecho de que se ha hablado del Espíritu olvidando el marco cristológico o mesiánico (1 Cor 12:1-2).
            La segunda es una razón misiológica. El énfasis de Lucas sobre el Espíritu Santo es evidente, en sus dos obras, Lucas y Hechos, el Espíritu aparece como condición o experiencia necesaria y fundamental para la misión. Lo que para nosotros es hoy, lamentablemente, un agregado, un apéndice, una adición descartable; para Lucas es neurálgico y vital (3:21-22; 4:18-19; Hech 1:8). En Lucas la iglesia es la comunidad neumática, la comunidad del Espíritu. Al incluir al Espíritu entonces al final de la “oración modelo”, Lucas quiere recordarnos que nuestras oraciones deben clamar y gemir por el hecho de que Dios nos capacite con su Espíritu Santo para la misión. De esta manera hay una estrecha relación entre Oración, Espíritu y Misión. Jesús resucitado mandó a los discípulos a no moverse de Jerusalén hasta la llegada de la promesa del Espíritu Santo (Hech 1:5-8). La técnica y la estrategia son importantes pero el poder de Dios a través de su Espíritu es vital y experiencia primordial para todo lo que hacemos como iglesia del Señor. Esta visión de las cosas es una crítica clara a la tendencia actual de la “profesionalización de los ministerios” y la imposición al liderazgo eclesiástico de la “cultura gerencial”.
            La tercera razón es comercial. Es sabido para nosotros que el don y la experiencia del Espíritu están y estarán sujetos a la perversión, no por la naturaleza del don sino por la naturaleza humana caída y manchada por el pecado. Cuando Lucas dice que el Espíritu se pide en oración y que Dios lo da, inmediatamente lo ubica en el escenario de la dadiva, de lo que no se compra, lo que no se vende. Es bien conocido el relato de Hechos en donde Simón el mago intenta comprar el don del Espíritu y la respuesta concluyente de Pedro: “¡Tu dinero perezca contigo, porque has pensando obtener por dinero el don de Dios!” (Hech 8:20). Simón,  acostumbrado a viajar por el mundo mediterráneo coleccionando formulas y conjuros, pensó tener en su haber al Espíritu Santo, pero el don de Dios no es mercancía, no se puede traficar con él. En la edad media se le llamó “simonía” a la venta de puestos eclesiásticos, a la venta y la comercialización de los dones y ministerios de Dios. Pero, Lucas no solo nos dice que el Espíritu no está a la venta, sino que también afirma que no es hipoteca de nadie, el texto afirma: “a los que pidan”. El Espíritu ni está a la venta ni está reservado para una elite especial. De hecho, no hay una experiencia tan democrática y tan incluyente en el NT como la del Espíritu.
            La ultima y cuarta razón es devocional. La parte final de la oración del padre nuestro pone al orante frente a una realidad compleja: sus relaciones, la relación con Dios y con sus semejantes. La tentación aludida tiene que ver con la posibilidad de no perdonar y que esto se convierta en una fuente de maldad; por ello el orante pide ser librado del mal. De esta manera, para vivir a la luz de esta oración, con todas sus implicaciones referentes a Dios (verticales) y al prójimo (horizontales), se necesita la fuerza, el poder del Espíritu Santo de Dios. Así, la oración es un llamado al compromiso social, a la construcción de una sociedad alternativa, que percibe al otro como escenario para la expresión de la fe en Dios y  no a un enemigo al que hay que eliminar. La oración genuina, ha dicho Padilla[1], no es un acto religioso que le permite al orante huir  de la realidad, es una manera de encarar la realidad, asumirla tal cual es para someterla a la acción transformadora de Dios. El compromiso que asumimos cuando oramos solo es posible llevarlo a cabo si contamos con el poder del Espíritu de Dios. Recordemos que nuestras más hondas y profundas crisis tienen una misma fuente: la ruptura con el altar de Dios; Jesús expresó “oren y velen para que no entren en tentación” (Mrc 14:38 ). Cuando no oramos se interrumpe “la fuente de poder”, nos creemos dependientes, poderosos y entonces vienen las ruinas y los desastres. Por ello oremos: “Señor, danos hoy de tu Espíritu, empodéranos para llevar a cabo tu misión”.  Fin.   


[1] PADILLA, Rene. Discipulado y Misión: compromiso con el reino de Dios. Kairos-Buenos Aires, 1997, p 34. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La torre de “papel” (1)

La torre de “papel” (1)
Gen 11:1-9
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 106
El relato del Génesis 11:1-9 conocido como “la torre de Babel”, es el clímax ascendente de lo que se gesta en el capítulo 3 a raíz de la desobediencia del hombre y la mujer. Por lo anterior se nota el mismo patrón narrativo presentado en los casos de Adán y Eva, Caín y Abel y el diluvio; el patrón es como sigue: desobediencia, juicio y gracia. Aunque, en el relato de Babel, la gracia se encuentra en el llamamiento a Abraham, es decir, en el capítulo 12 del Génesis. El esquema se completa leyendo el relato vocacional de Abraham. Para claridad del lector explico que haciendo uso de dos figuras del lenguaje o retoricas llamadas aliteración y asonancia, he cambiado el título “Babel” por “Papel”. Ahora, para analizar un poco el texto y pensando en los predicadores quisiera sugerirles la siguiente estructura concéntrica:
A. Reunión de los hombres en Sinar: una sola lengua, vv. 1-3a.
      B. Construcción de una ciudad y una torre, vv. 3b-4a.
           C. Nos haremos famosos: sin dispersarnos, v. 4b.
                 D. Intervención del Señor: descendamos, vv. 5-6.
           C’. Dispersión, v. 7.
      B’. Se interrumpe la construcción de la ciudad, v. 8.
A’. Dispersión de los hombres a partir de Babel, v. 9.
Los contrastes empiezan marcarse, el texto inicia hablando un solo lenguaje y termina con una pluralidad casi cacofónica (vv. 1-3a, 9). El relato inicia con un colectivo reunido y termina con la dispersión del pueblo (A-A’). De oriente, llegan los pueblos nómadas y se posan en Sinar, se refiere a la zona de Babilonia, porque el pasaje culmina usando un juego de palabras. Babel (bāḇel) suena muy parecido al verbo “confundió” (bālal). La reunión allí, en Sinar, tiene un propósito: construir una ciudad cuya torre que llegue al cielo y hacerse famosos (vv.3-4b; 7-8) Los escritos babilónicos que relatan la construcción de la ciudad de Babilonia refieren que fue edificada en el cielo por los dioses como una ciudad celestial, la cual es una expresión de vanagloria (Enuma Elish VI, líneas 55–64)[1]. Pero el registro de Génesis ve a esa ciudad como la primera potencia del mundo, el epítome de los poderes impíos (B-B’). En una palabra, es el anti-reino. Por lo tanto, el registro de los vv. 1-9 es literatura polémica, porque muestra el poder absoluto de Dios al dictar ese castigo. Lo que la gente creía que era su mayor fuerza, la unidad, el Señor la destruyó con rapidez al confundir su lengua (v. 7; Cp. v. 9). Lo que ellos temían más, ser esparcidos (v.4), fue lo que vino sobre ellos en forma natural. Lo que ellos más deseaban, hacerse un nombre (v. 4), irónicamente fue precisamente lo que sucedió, porque su ciudad vino a ser conocida como Babel (C-C’). Fue así que dejaron de edificar la ciudad y fueron esparcidos por toda la tierra. En el capítulo 12 Dios llama a Abraham y le promete “un nombre” (12:2).
            Ahora, parece que el pecado de los sinaritas (habitantes de una llanura en la tierra de Sinar) fue el orgullo desmedido, porque dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre”. Esta fue una rebelión abierta contra Dios, porque pretendieron independizarse de él. Con frecuencia se compara a la humildad con la confianza y la obediencia. Por el contrario, el orgullo se relaciona con la independencia y desobediencia. Aquí, la gente se unió para fortalecerse y orgullosamente, hacerse de una reputación por sí mismos: por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Parece que esta fue una directa oposición a la orden divina de que se multiplicaran y llenaran la tierra (9:1). En el centro del texto (D), según nuestra estructura, se encuentra la intervención directa de Dios, como pluralidad, contra ese proyecto urbano (vv. 5-6). García López[2] dice que la formula “Yahvé bajo para ver” (v.5), encierra una fina ironía: los hombres quieren construir una ciudad que llegue hasta el cielo, y Dios, que habita el cielo, tienen que bajar para verla. Y no porque Dios sea corto de vista, sino por lo mezquina que era la torre.
Esta rebelión, al igual que la del diluvio, tiene un valor colectivo[3], es la búsqueda de un pueblo de elevarse sobre otros a fin de dominarlos, actividad que llamamos imperialismo y que en el relato se elige a Babilonia como paradigma de esa actitud. En nuestro relato, la torre de “Babel” es finalmente la torre de “Papel”, es frágil, inconsistente, rompible, gaseosa; liquida. La gracia se evidencia en el llamamiento de Abraham, porque Dios no olvida a las naciones, sino que llama a Abraham para que aquellas sean objeto de su bendición; un nuevo comienzo empieza a gestarse. Continuará.

[1] Esos registros dicen que fue edificada siguiendo el mismo proceso de hacer ladrillos que se describe en el v. 3, pero además, cada ladrillo tenía inscrito el nombre del dios babilonio Marduk. Asimismo, el zigurat, la torre que se cree fue construida por primera vez en Babilonia, se decía que tenía su punta en el cielo (Cp. v. 4). Esa montaña artificial se convirtió en el centro de adoración de la ciudad, y tenía un templo en miniatura en lo alto de la torre. En Babilonia había un templo con terrazas superpuestas, un zigurat, llamado E-temen-an-ki: “casa-fundamento-cielo-tierra”. Con sus siete pisos, si se hubiera terminado, habría alcanzado una altura de 90 metros. Este relato explica porque ese templo-torre nunca fue terminado.              
[2] GARCÍA LÓPEZ, Felix. Introducción al estudio de la Biblia: el pentateuco. Estella (Navarra)-Verbo Divino, 2004, p 93.
[3] ANDIÑACH, Pablo R. Introducción  hermenéutica al Antiguo Testamento. Estella (Navarra)-Verbo Divino, 2012, p 93. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

¡Siembra, siembra, siembra! (3)

¡Siembra, siembra, siembra! (3)
La teología de la prosperidad en 2 Corintios 8-9
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 105
Ahora, las ofrendas son parte importante del culto, ya que por medio de ellas expresamos por lo menos tres aspectos del carácter cristiano: 1). Un sentido de adoración a Dios (vertical); 2). Un sentido de mayordomí­a (central); 3). Un sentido de servicio (Horizontal)[1]. Las ofrendas no siempre tienen en el culto el lugar que deberí­an tener. Quienes dirigen suelen hacer bromas alusivas, o la ofrenda pasa inadvertida porque se usa ese momento para los anuncios o para escuchar música especial. La mayorí­a de las veces se toma como una parte rutinaria y necesaria, sólo para cubrir el presupuesto de la iglesia. No deberí­a asombrarnos que muchos creyentes no sepan el valor teológico de las ofrendas. Deberí­amos enfatizar los tres aspectos que mencionamos más arriba, con el fin de educar a la congregación en el carácter sacrificial de las ofrendas. Es necesario entender que las ofrendas se realizan en un marco de adoración dentro del culto y son hechas por personas que reconocen y honran a Dios[2]. Debemos rendirnos a los pies de la cruz, y eso incluye también nuestras billeteras; las finanzas.
            Segundo, en relación con la ofrenda y la prosperidad. El texto hace una propuesta para la “teología de la prosperidad”. Presuponiendo la gracia de Dios que llega al hombre, la teología Bíblica del trabajo y nuestras tendencias avarientas, el texto dice que ser prospero es imitar a Dios. El ejemplo de Dios al darnos  su único hijo, puso el fundamento para toda dadiva cristiana. Cuando damos generosamente, somos semejantes a Dios. Asumimos la realidad de la “nueva creación” (5:17). El camino a la prosperidad es el vaciamiento, es el entregarse para parecerse a Dios. Tercero, en relación con ofrenda y la siembra. La gran cosecha de la siembra hecha es la alabanza que el que recibe da a Dios. Imagine al hermano que recibe “la canasta de amor”, las acciones de gracias, la alabanza y la oración que eso genera. Pregunto, ¿Cuándo fue la última vez que provocaste una acción de gracias?, ¿Cuándo fue la última vez que provocaste una canción, una acto de alabanza, una oración?, ¿Hace cuánto no cosechas nada porque estas tan ocupado en ti? Pablo desafía a los Corintios y les dice “¡provoquen!, ¡provoquen actos de alabanza!, ¡Que alguien alabe a Dios por tu generosidad!”.
            En cuarto lugar, en relación con la ofrenda y el templo. Quisiera sugerir que en el fondo de este discurso está presente el modelo del tabernáculo (Ex 25-40). Pero en este caso, el tabernáculo, la morada de Dios, ya no es un edificio particular, sino un pueblo; la iglesia. Hay elementos paralelos: la ofrenda, el llamado, la preparación del pueblo y sus dadivas, el carácter de los ministros (Bezalel y Aholiab), el carácter generosos y emocional de la ofrenda (Ex 25:1-3; 35:5), la teología del MANA en el desierto (como pueblo del éxodo) el culto como marco referencial, la salvación como experiencia fundamental y la gloria de Dios. Así, ofrendar aquí es participar de la “construcción” de la morada de Dios, es coparticipar con Dios en la construcción de este nuevo tabernáculo: su iglesia.
            En quinto lugar, en relación con la ofrenda y el amor. Al igual que Juan, Pablo es también un apóstol del amor. Al hablar del amor en la ofrenda, “Dios ama al dador alegre”, quiere que ellos piensen que al ofrendar, no están entrando en una relación comercial con Dios, sino que entran, o se ubican, en el marco de una relación filial con Dios (Recordemos que “amor” es lenguaje del pacto). Cuando se piensa distinto, cuando se ofrenda para comercializar con Dios, estamos pervirtiendo y prostituyendo la Biblia, a nosotros mismo y nos alejamos de Dios. “¡No lo compres, él los ama!”, les dice el apóstol. Pablo desarrolla de manera magistral e insuperable el tema del amor en 1 Corintios 13. Ahora, ubicarse en esa forma de ver las cosas, en una relación filial con Dios, ofrendar es gustar un poco del futuro, al final solo permanecerá el amor. Ofrendar, según esta propuesta, es celebrar el futuro, ahora[3].  Fin.

[1] El diezmo en el AT tenía por lo menos tres aspectos: uno social, otro administrativo (la dinámica de los impuestos en la actualidad- la hacienda pública) y uno cultual.
[2] El cristiano toma el concepto del diezmo del judaísmo pero no lo ve como una regla, una ley o una meta que cumplir. Lo ve como un comienzo, como un mínimo sobre el cual construir una vida de entrega a Dios y a los demás.  En el libro apócrifo de Eclesiástico se dice: “Da al Altísimo como Él te ha dado a ti, con generosidad, de acuerdo con tus capacidades”. 
[3] Blomberg propone cuatro principios para la mayordomía a la luz de estos textos. “Primero,  Pablo ha cambiado sus simples mandatos en 1 Corintios 16:1-4 en peticiones retoricas y psicológicas mucho más elaboradas. Segundo, Pablo parece semejante a Santiago (o a Jesús o a la iglesia primitiva en Hechos) en cuanto a su preocupación de que un cristianismo genuino lleva a la obediencia, particularmente en el área de la mayordomía financiera. Esta es la doctrina de la justificación paulina, descrita ahora en sus dimensiones concretas. Si alguien se niega a involucrarse en la colecta, su madurez e integridad religiosa automáticamente se hace cuestionable. Tercero, los principios de Pablo, al igual que el material antiguo testamentario en el cual se basa, rompen con todos los modelos económicos de la actualidad. Aquí está ausente todo el lenguaje del mercado económico. En su lugar prevalecen los temas utópicos y de jubileo. Es dar en lugar de ganar, agradecimiento en lugar de interés, certeza en lugar de créditos, confianza en lugar de seguridad, comunidad en lugar de mercado, alabanza espiritual en lugar de culto en el templo, gracia en lugar de propiedad. Cuarto, la norma que Pablo nos exhorta a seguir es en realidad más estricta que el tradicional diezmo. Si la mayoría de los cristianos occidentales fueran honestos en cuanto a sus ganancias, darían un porcentaje considerablemente  más alto que el 10% para las causas cristianas”. BLOMBERG, Craig L. Ni pobreza, ni riqueza: una teología Bíblica de las posesiones materiales. Andamio-Terrasa (Barcelona), 2002, p 285.  

lunes, 8 de septiembre de 2014

¡Siembra, siembra, siembra! (2)

¡Siembra, siembra, siembra! (2)
La teología de la prosperidad en 2 Corintios 8-9
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 104
Una vez Pablo ha puesto como modelo de entrega a los macedonios y como ejemplo de trasparencia a Tito y el hermano, invita enérgicamente a los Corintios para que ofrenden a favor de los santos en Jerusalén. Tenemos aquí entonces, según la estructura paralela planteada, la sección B-B’.  Sobre la base del ejemplo de los macedonios, Pablo motiva a los Corintios a ofrendar (8:7-15). La invitación es también un llamado a revisar sus motivaciones, Pablo no les dice que si tienen malas motivaciones que no den, sino que les manda a revisarla y a ofrendar con la motivación correcta. Les dice: 1). Abunden en todo, incluyendo la donación para Jerusalén, como muestra de amor. El amor se lleva a cabo en actos concretos; tiene dimensión sacrificial. Se dice que una vez la vaca y el cerdo discutían respecto a cuál de los dos era más generoso. La vaca señaló todos los litros de leche del supermercado: “¡mira-dijo al cerdo- a ver si puedes superar eso!”, el cerdo señaló un trozo de jamón y respondió: “¡tú leche es solo una contribución, pero lo mío es un sacrificio!”. 2). Cristo es modelo de entrega. Que extraño don, Cristo, según el texto,  no ha dado su riqueza, ha dado su pobreza, porque se ha hecho pobre hasta el punto de darse a sí mismo, para que seamos enriquecidos, pero ¿enriquecidos de qué?: de una forma distinta de ver la vida, las posesiones y a Dios mismo[1]. ¡Eso fue lo que la iglesia de Macedonia captó! 3). Háganlo en “clave de éxodo” (vv. 14-15). Lo que les falta a ellos: “provisión”, lo que ellos tienen en abundancia: “escasez”, se convierte entonces en escenario para la generosidad de los Corintios. “Teológicamente, Pablo enseña la importancia de compartir mutuamente como parte de la economía del MANÁ de Dios. En la economía del maná, las necesidades del sustento diario eran satisfechas, haciendo fútil la acumulación secreta, todo un espíritu de confianza en la provisión de Dios”[2].
            Veamos ahora el segundo llamado (9:6-15), aquí Pablo los desafía por segunda vez. Podemos ver aquí al menos cuatro asuntos: 1). Un asunto cultural: la metáfora agrícola (v. 6), una siembra generosa (Lit. bendición). La gran cosecha será de acciones de gracias, alabanzas a Dios en el marco del evangelio y oraciones por ellos (vv. 6,10-14). Reitero, la GRAN COSECHA no será de dinero, sino de acciones de gracias y alabanzas. Nuestras ofrendas, tal como lo plantea Pablo aquí, generaran actos de alabanza y adoración a Dios. Los “todos” (seis en total, vv. 8-11), no se pueden limitar única y exclusivamente a lo financiero. 2). Un asunto emocional: la propuesta nace en el corazón, sin tristezas (que cause desanimo), ni por obligación (que se sienta manipulado), o por  necesidad (manipular a Dios). La razón de todo esto: “Dios ama al dador alegre”. Pablo no dice la palabra mágica… “Dios bendice al dador…”, o “Dios prospera al dador…”. Moisés ya había hablado respecto al involucramiento del corazón en la ofrenda (Ex 25:1-4; Dt 15:7-10). 3). Un asunto escritural: el salmo 112, aquí citado, habla de la generosidad del justo, su apertura hacia el pobre y el necesitado como resultado de la visita de Dios. Se alude también a Isaías 55:10, esbozando un principio general: Dios es fuente de toda provisión. 4). Un asunto cultual: el texto termina con sabor litúrgico, una exultación de agradecimiento al señor por sus dones: “la posibilidad de participar sirviendo a otros”, pero alabando al Señor por su don: “Cristo mismo”. El texto, capítulos 8-9, es una gran inclusión. Inicia celebrando la gracia, 8:1, y termina celebrando la gracia, 9:15 (7 veces se usa la palabra). Concluyendo podemos decir que, tomando el ejemplo de Macedonia, la trasparencia de Tito y el hermano, y a Dios como dador máximo, pablo invita a los Corintios a ofrendar, a dar una ofrenda por los santos de Jerusalén. El carácter de la ofrenda, o  gracia, no será comercial sino espiritual, esto generara culto a Dios.
            Algunas reflexiones a la luz del texto y nuestros contextos. Primero: en relación con la ofrenda y el culto. Estoy convencido que la teología de la prosperidad, o el evangelio de la avaricia, se equivoca al apelar a la codicia del creyente, así ofrece culto a Mamón y no hace contracultura, sino que promociona el perverso materialismo en nombre de Dios, en detrimento de la teología Bíblica del trabajo. Quienes predican esto, dice Mosquera, “… están desviando la fe y la piedad de sus seguidores. Están logrando que creyentes sinceros, pero ingenuos e incautos, quiten la mirada de Jesús y la desplacen hacia Mamón. Estos proclamadores, en lugar de promover entre sus feligreses la búsqueda de la piedad, de la santidad de vida y del señorío de Jesucristo en sus vidas y en la comunidad eclesial, enseñan justamente todo lo contrario, hacer riquezas aquí en la tierra, llenarse de lujos y de dinero y descuidar lo fundamental: la profunda comunión con Jesucristo[3]. La teología de la prosperidad pervierte, a través de la ofrenda, el culto y convierte a Dios en una mercancía y a sus bendiciones, en conquistas personales. Continuará.


[1] “En contra de la teología de la liberación, esta afirmación no solo se refiere a las circunstancias materiales o socioeconómicas de Jesús durante su vida terrenal. Sino que ofrece un resumen teológico mucho más profundo de todo lo que le dejó en su hogar celestial para tomar las restricciones de una existencia terrenal y la mayor ignominia de la crucifixión… Si Cristo pudo sacrificar tanto por nosotros, ¡cómo nos atrevemos a negra una ayuda generosa al necesitado! La misericordia y el dinero van juntos de lo que usualmente pensamos”. BLOMBERG, Craig L. Ni pobreza, ni riqueza: una teología Bíblica de las posesiones materiales. Andamio-Terrasa (Barcelona), 2002, p 277.
[2] Ibid, p 279.
[3] MOSQUERA, Fernando A. La oración, teología y práctica. Clie-Barcelona, 2010, p 160. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

¡Siembra, siembra, siembra! (1)

¡Siembra, siembra, siembra! (1)
La teología de la prosperidad en 2 Corintios 8-9
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 103
Ninguno de nosotros, ya seamos, teólogos, pastores, líderes e iglesia en términos generales; somos ajenos al fenómeno, nacido en Norte América y exportado al resto del mundo, llamado “Teología de la prosperidad”. Esta teología, dice Ocaña[1], pone un énfasis desmedido en la prosperidad, entendida como riqueza material; y la presenta no solo como una perspectiva desde la cual hay que interpretar toda la Biblia, sino que convierte a la prosperidad material en un canon para medir la fe y la espiritualidad. Las palabras en el discurso de estos predicadores son: siembra, cosecha, ciento por uno, prosperidad. Quisiera sugerir que, frente a esta forma equivoca de ver las posesiones, a la Biblia y a Dios mismo, las Escrituras si hacen propuestas de “prosperidad” y, es tarea de nosotros, los predicadores, pastores y teólogos, pasar de la crítica a la exegesis Bíblica y, en dependencia de Dios y su Espíritu, proponer, desde una cristología evangélica, a las comunidades que pastoreamos una teología de la prosperidad bíblicamente fundada y cristológicamente centrada.
            La presente propuesta, toma dos capítulos bastante conocidos y leídos por la iglesia, además de abusados por los predicadores de la “teología de la prosperidad”, para profundizar la forma en la que Pablo presenta el asunto y a la vez propone, lo que yo llamo, una auténtica “teología de la prosperidad”.  En esta sección de la carta, capítulos 8-9, Pablo exhorta a los Corintios para que ofrenden a favor de los santos (Cp.1 Cor 16:1-4), les motiva a hacerlo tomando como fundamento el ejemplo Macedonio (se dieron a Cristo), la honestidad de Tito y el hermano y la entrega de Cristo mismo. Termina diciéndoles que den con generosidad y dejen los resultados a Dios. La estructura o bosquejo del texto se presenta en forma paralela así:
A.   El ejemplo de Macedonia: solidaridad en tiempos de escases, 8:1-6.
B.   El llamado a los Corintios: el vaciamiento de cristo, 8:7-15.
A’.  El ejemplo: las trasparencia de Timoteo y Tito, 8:16-9:5.
B’.  El llamado a los Corintios: la gran cosecha, 9:6-15.
            En  la primera línea paralela, A-A’, Pablo va a desafiar a los Corintios por medio de dos ejemplos. El primero de ellos es el de las iglesias de Macedonia, fundadas en su segundo viaje misionero (Hech 16:6-10). Estas se dieron a pesar de sus carencias (causadas tal vez por persecuciones). Pablo usa para ofrenda la palabra “gracia” (se repite por lo menos 7 veces aquí). La gracia es el tema central de los dos capítulos. Es que la ofrendas de los cristianos son un donde la gracia de Dios, quien capacita a los creyentes para practicarlo. Pablo dice que ellos “se dieron a Cristo” y a “ellos” (los santos en Jerusalén). No dieron, se dieron. Dar es fácil, no nos compromete, pero darse… en pocas palabras, esto es un acto de adoración. La ofrenda es una extensión de lo que somos. La ofrenda de sí mismos es la mayor de las ofrendas. Algunos dan su dinero para librarse de la necesidad de darse a sí mismos.  Lo que motivaba tanto la extravagancia de su generosidad como su alegre buena voluntad era una espiritualidad centrada en Cristo. Dios acepta las ofrendas materiales con agrado, cuando la vida del que ofrenda le agrada. Los diezmos, las primicias y los aportes tienen sentido si son el reflejo de una vida ofrendada al Señor que hace lo correcto en todas las áreas de la vida, incluyendo la vida profesional. Entonces, los macedonios no dieron para manipular a Dios, dieron como un acto de adoración a Dios (8:1-16).
                El segundo ejemplo es el de Tito y un hermano “NN” (8:16-9:5). Ya usó el ejemplo de Macedonia para animarles, ahora, usará el ejemplo de Tito y  “el hermano” para alentarles hablándoles de la trasparencia de ellos: el hermano: es de renombre en el evangelio, v. 18. Es decir, su vida y la forma en la que asume el evangelio son de conocimiento público. Es un hombre de fiar. Tito por su parte es un fiel colaborador. Es muy importante designar a creyentes honestos y de buena reputación para que manejen el dinero de la iglesia. Tito y el hermano nos dan luz sobre los requisitos del carácter de quienes manejan las finanzas en la iglesia: su espiritualidad (alabanza en el evangelio) y en su integridad (cuya diligencia hemos comprobado). El mal uso del dinero de la iglesia ha destruido la reputación de muchos predicadores y de la iglesia misma. Así, el acto de dar es un acto de adoración, pero el acto de administrar lo dado también lo es. El carácter reprochable de aquellos que administran daña el corazón de la iglesia e impide actos de gracia y adoración. Conozco a personas cuyos corazones están hoy dañados por hermanos que abusaron de ellos, pidiéndoles dinero, siembras en nombre de Dios a cambio de prosperidad material. En esta sección la ética del oferente es tan importante como lo es la de aquellos que reciben o administran la ofrenda.
            Pablo termina hablando aquí de la ofrenda como “servicio” o “diakonía” (9:1-5), así, eleva este proceso a la categoría ministerial (3:7,8). Para Pablo este asunto no es periférico, secundario, es ministerio. Los hermanos, Tito y el “sin nombre”, están dispuestos a recoger la dadiva en el marco de un asunto ministerial.  Notemos que Pablo evita poner el tema de la ofrenda en un marco comercial, la base ha superado la dimisión comercial, Pablo eleva el asunto a la dimensión de la adoración, una adoración sacrificial con fundamento cristológico. Continuará…


[1] OCAÑA, Martín. Los banqueros de Dios. Lima-Puma, 2002, p 76. 

lunes, 25 de agosto de 2014

¿Fracasado?... Piense (4)

¿Fracasado?... Piense IV
Pedro, el pescador pescado
                                                                                          Lc 5:1-11      
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La tercera escena presenta el resultado de la pesca y la reacción de Pedro y su compañía (vv. 6-10a). Pedro va del fracaso al “éxito” y, lo que ha estado mediando entre un asunto y otro, lo que lo ha llevado a una nueva condición es la aceptación de la Palabra de Jesús, la alternativa de Jesús frente al fracaso.  Y es que de una u otra manera la vida del individuo no la determina un fracaso y tampoco un triunfo.  La vida, la existencia no es una gran línea recta sino una curvilínea; vivir, dijo Rodolfo Llinas, es de por sí mismo peligroso (riesgoso). Las redes de Pedro y los suyos pasan del estado de vaciedad a la sobre llenura. Ahora, la cámara enfoca a Pedro, este deja de mirar las redes y mira a Jesús, sabe que está frente a alguien que sobrepasa sus capacidades, se llena de asombro y de temor, ha leído el texto de Isaías e interpreta esta experiencia a la luz de Isaías 6; por ello exclama “apártate de mí Señor que soy hombre pecador”. Pedro se da cuenta que Jesús  no es solo un maestro, o un simple hacedor de milagros, sabe que está frente a Dios mismo. Lo que está en mente de un judío del primer siglo es lo que encontramos en Isaías 6. Isaías ve la gloria de Dios y piensa que va a morir porque es un hombre pecador, Dios limpia sus pecados y lo capacita para la misión. Esto es lo que está presente en la mente de Pedro, el piensa “estoy en la presencia de Dios, soy pecador, voy a morir”. Lo que antes solo había estado en la boca de un demonio, era ahora confesado por Pedro (4:41).
            El milagro en el texto no es un fin, sino el medio. El milagro lleva a Pedro a reconocer su verdadera condición. De hecho, podemos decir que este es finalmente el verdadero milagro. Pedro no piensa ahora invitar a Jesús para que se haga socio del negocio y sean empresarios exitosos. Pedro no piensa que la “clave” para el negocio es que Jesús este en su barca como amuleto de buena suerte, la presencia de Jesús lo ha invitado a un asunto  más profundo, lo ha llevado a mirar y a contemplar sus quiebre mas profundos. El Señor usa las crisis para sacar nuestras inmundicias, para que nos arrepintamos de la vida que llevamos, una vida a veces centrada en lo material, en la soberbia de creer que nos la sabemos toda, de creer que tenemos el control de lo incontrolable. Este tipo de crisis nos ayuda a recuperar la humidad, nos mete en una vida que cae de rodillas ante aquel que los vientos, los mares y toda la naturaleza misma le obedecen cuando abre su boca, es ese mismo que abre caminos donde no hay, que hace aparecer de manera sobreabundantemente comida en tiempos de escasez, que nos abre oportunidades y nos llena de gozo en medio del desempleo y las frustraciones profesionales.
            La cuarta y última escena nos presenta a Pedro comisionado (vv. 10b-11). Jesús llega  a disipar los miedos de Pedro (“¡No temas!”, le dice). Jesús no solo encuentra a Pedro en la sima de su fracaso; sino que también lo acompaña en la cima de sus éxitos. Ahora, así como Isaías es comisionado por Dios (Dios es quien comisiona en el AT), Jesús da también a Pedro una comisión. Cuando está en lo más grande de sus éxitos, Jesús le dice “retírate”. Esta comisión a Pedro tienen un eco en Jeremías 16:16, cuando Dios habla de la restauración prometida y dice: “yo envío muchos pescadores, dice el Señor, y los pescaran”. Esta comisión estaba en un contexto de juicio por la llegada del reino de Dios. El reino ha llegado en Jesús. En la encomienda a Pedro hay un sentido de continuidad, “pescador”; pero hay una discontinuidad, “de hombres”. La profesión es reorientada ahora y puesta al servicio de “los hombres”. Justo cuando está a punto de convertirse en el pescador más famoso de Galilea, Jesús lo invita a retirarse. Pedro se retira en la cumbre de su carrera[1]. No se posa en el milagro, Jesús le invita a contemplar un horizonte mayor. De la crisis Pedro sale con ministerio. “Ya no pesques más para roma.- dice Jesús- pesca ahora para mí”. El milagro tiene carácter parabólico, nos comunica un mensaje, no se gasta en sí mismo.
            Imaginemos a Pedro esa mañana al llegar a casa. La esposa celebra, los hijos también. Los diarios económicos en Galilea resaltan el hecho en primera página. Los amigos brindan por el éxito empresarial. Al día siguiente la esposa se acerca a Pedro y le dice “amor, ahora si… ahora si podemos cambiar el carro, ahora si podemos poner a los niños en el colegio bilingüe y… comprar ese apartamento que siempre habíamos soñado”. Pedro la mira, de repente su mirada se pierde en el horizonte, toma el ultimo sorbo de agua que le queda en el vaso y le dice: “amor…, he decidido no continuar en el negocio pesquero”. “¡Que!, te has vuelto loco”, dice la sorprendida esposa”. “Así como lo oyes, dice Pedro, es que alguien me encontró y me dio una razón mayor para vivir, Jesús me ha encontrado mujer, y nada, nada ya, será igual”. Los amigos no lo pueden creer, los vecinos cometan en la calle que Pedro ha perdido el juicio. Pero, Pedro ríe para sus adentros y dice “jamás había estado tan cuerdo… no lo puedo creer, el pescador ha sido pescado”. Fin.

[1] “el éxito es el principal enemigo de la innovación, si te sientes triunfador bajas tus defensas. Confías en la consolidación de tus resultados. Descuidas la competencia.  Esperas que las condiciones externas permanezcan. Repites las pautas y modelos que te han encumbrado, esperando un nuevo éxito. Y, con mucha probabilidad, empieza tu declive sin ser consciente de ello… la sabiduría popular nos recuerda: la felicidad engorda. Y engordando nos volvemos más perezosos”. PONTI, Franc, FERRER ARPÍ, J.M, Si funciona, cámbielo: como innovar sin morir en el intento. Norma-Bogotá, 2010, p 3. 

martes, 5 de agosto de 2014

¿Fracasado?... Piense (3)

¿Fracasado?... Piense (3)
Pedro, el pescador pescado
Lc 5:1-11
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El relato del llamamiento de Pedro hace parte de una categoría literaria conocida como “relatos de vocación” (Cp. Is 6:1-12; Jer 1:1-10; Hech 9:1-22). Estos tienen básicamente dos propósitos: 1). Legitimar ante la comunidad a la cual se escribe el liderazgo de la persona sobre la cual se cuenta, 2). Entender las vocaciones individuales en el marco de la misión de Dios para Israel y las naciones, es decir, el llamamiento individual existe en virtud de un plan global. Analizaremos el llamado de Pedro a partir del evangelio  de Lucas con el presupuesto de que los evangelios no son áridos tratados de teología sino relatos de los encuentros entre Jesús de Nazaret y una serie de personajes de su tiempo y su cultura: hombres y mujeres; intelectuales y mendigos; reyes, gobernadores y sacerdotes; judíos, samaritanos y griegos. El relato nos plantea, por lo menos, cuatro escenas. Veámoslas.
            La primera escena nos presenta el escenario geográfico en donde se llevan a cabo los eventos (vv. 1-3): Jesús se encuentra en el lago de Genesaret o mar de Galilea, su fama se ha extendido, pero el autor es claro al decir que lo que convoca es la Palabra de Dios, su mensaje. El apretujón de la multitud  hace que Jesús busque una plataforma para enseñarles, de repente, a la orilla estaban dos barcas y sus ocupantes, pescadores, estaban lavando las redes al terminar su jornada; una de esas embarcaciones pertenece a Simón (Pedro), Jesús se sube a ella y sigue enseñando. El detalle de las redes que se lavan empieza a inquietar, pero queda suspendido. Aquí lo cotidiano se convierte en espacio para la enseñanza: el mar, la barca, la playa; todo es escenario para la Palabra: ella no conoce lugares vedados, no sabe de la división “secular y espiritual”. Antes de pasar a la siguiente escena quisiera anotar dos detalles. En primer lugar el texto empieza con el verbo “aconteció”, y es evidente pues es un texto narrativo, pero en el AT ese término se usa para introducir mensaje proféticos, por ejemplo, de Jeremías se dice que la Palabra de Dios “le aconteció” (Jer 1:2). Y es que, la Palabra de Dios es un suceso, un acontecer cotidiano en la vida del hombre, pero en Jesús es el gran acontecimiento; el mensaje del reino resiste de estas manera el claustro, nos impele, nos busca, se “cotidianiza”.  En segundo lugar, la frase “predicaba la palabra de Dios”, también haya su fundamento en el AT, especialmente con la línea profética. Como profeta, Jesús comunica y habla de los planes de Dios, actúa de acuerdo a un libreto.
            La segunda escena presenta a Jesús hablándole a Simón, ya no a la multitud (vv. 4-5). Jesús no se queda con el Zoom Out que solo le interesa lo general, lo multitudinario, sino que le encanta ponerle a la vida el lente en Zoom In para no perderse de los detalles[1]. Jesús pasa entonces de lo público a lo privado, de lo general a lo particular. Ahora el predicador le da consejos de pesca al veterano en esa área, a Simón; esto parece un chiste. Debemos aclarar que no es la primera vez que Simón se encuentra con Jesús, ya lo había visto enseñando y había sanado a su suegra (Lc 4:38-39). Una vez termina la predicación Jesús invita a Pedro a que reme mar adentro y pesque. Pedro responde y le dice que han pescado toda la noche, es decir; cuando la hora es propicia ya que los peces salen a la superficie aprovechando la ausencia de los rayos del sol. Ellos han estado pescando en el momento correcto, “toda la noche”, y no han pescado nada. Ahora Jesús les dice que pesquen cuando no es adecuado, en el momento menos indicado. Ahora, Pedro y los suyos no estaban pescando para el almuerzo, tenían un negocio de pesca. Además, se dice que las redes eran de lino grueso y que obviamente a los peces les era más visible de día y podían huir, mientras que en la pasividad de la noche era más fácil. Jesús se dirige a uno que ha fracasado, a uno que lo ha intentado; la frase “toda la noche” refleja el cansancio por tantos intentos fallidos, se dirige a uno que ha saboreado el fracaso y que ha lavado y colgado sus redes. Pedro dice, “está bien Señor, por tu palabra lo haré”, es decir, “ya que tú me lo pides…”.
            Aquí se muestra la dimensión de la crisis de Pedro: la frustración por no haber logrado su cometido, el dolor de saber que su experiencia profesional como pescador y sus habilidades aprendidas no le garantizaron esta vez su sustento, su éxito profesional.  Jesús ministra a Pedro en su crisis, en su estado de fracasado. No permite que el individuo se pierda en la masa, lo individualiza; no lo hace por telepatía, diciendo; “siento que en esta multitud hay alguien que ha fracasado en su vida”, ¡No!, se dirige a él porque ha hecho una lectura de sus realidades, al llegar a ellas se sabe con permiso de intervenir.   Y es que la presencia de Jesús, su Palabra, nos encuentra en lo más hondo y profundo de nuestros fracasos, no para dejarnos allí, sino para interpelarnos y mostrarnos una alternativa frente al fatalismo y a la desesperanza. Para Pedro esto será de suma importancia porque su fracaso no solo lo deja sin nada para llevar a casa ese día, sino que lo pone en aprietos con roma, pues el imperio controla los ríos y mares y los pescadores deben pagar tributo a roma por el “derecho” a pescar. La cuestión no es sencilla su fracaso tiene connotaciones personales, familiares y políticas. Continuará.

[1] Agradezco al pastor Miguel Garcés Prettel por sus notas de la predicación: “Apuntes pastorales para una fe cristológica desde la vida cotidiana” (Lc 5:1-11). Predicado en la Iglesia Centro Familiar Cristiano Internacional (AIEC-Cartagena D.T). Abril 2013.