lunes, 30 de julio de 2012

La revolución del amor


 La revolución del amor
1 Co 13:1-13
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 42
Los Corintios estaban inmersos en la megalomanía de los dones del Espíritu, sobre todo los que tenían carácter espectacular y llamaban la atención, especialmente el de lenguas. Quien ostentaba uno de estos dones espectaculares llamaba la atención de los demás hacia él, ya que esto le daba un aire de “espiritualidad y unción”. Era un verdadero culto a la personalidad. En capítulos anteriores se nota que al principio la valía del creyente había estado centrada en la popularidad del predicador con el cual se habían convertido (1:11-14); ahora estaba centrada en la espectacularidad  del don que poseían. Frente a esta tendencia individualista y pagana de ver el asunto el apóstol propone una opción radical y diferente; por ello les dice: “ustedes aspiran los mejores dones, pero yo les voy a proponer un camino mejor” (1 Co 12:33), una mejor aspiración. Ya podemos imaginar a los cazadores de dones ante la lectura pública de esta carta. Pablo- razonaban- ¿estás diciendo que hay algo mejor a que te aplaudan por hablar en lenguas y que te digan que eres muy espiritual por la “palabra profética” que das? ¡Dínoslo ya para ir tras eso y añadir a nuestra colección un don más! Pero, ¡qué sorpresa están a punto de llevarse!
            Este capítulo, como dice Wright[1], es el corazón callado que late tranquilamente y que le da sentido a todo lo demás. El amor, tema que concierne a este capítulo y que había sido tratado de manera breve en otra parte (8:1), lo definiremos aquí como la decisión que toma el creyente de poner al servicio de los demás los dones y capacidades que Dios le ha dado, no para autoexaltación, sino para la gloria de Dios. Ahora, ¿Por qué este camino es mejor que el de la búsqueda frenética de los dones para la autoexaltación? En primer lugar, porque sin esta decisión el uso de los dones se convierte en mera algarabía, exhibicionismo y negación (vv.1-3). El apóstol propone algunos casos posibles: “si hablo lenguas de hombres o ángeles…” (v.1); esta capacidad sin amor es mera algarabía y la negación de la capacidad de comunicación: “metal que resuena” (Cp. Sal 150:5). “Si tengo profecía… y si tengo toda la fe…” (v.2); estos dones sin amor niegan la capacidad del ser: “nada soy”. “Si reparto… y si entrego mi cuerpo…” (v.3); esta capacidad de sacrificarse sin amor es una negación de lo útil: “de nada me sirve”.
            En segundo lugar, este camino es mejor por el carácter virtuoso del amor (vv. 4-8). Las virtudes del amor enumeradas aquí tienen como objetivo decirles a los corintios todo lo que ellos no eran o no hacían en sus cultos: por ejemplo, si el amor es paciente, ellos eran impacientes y no se esperaban en la cena (11:33); si el amor no es celoso, ellos celaban los dones que otros tenían; si el amor no es indecoroso, sus cultos patrocinaban el indecoro propio de las reuniones de los “cultos mistéricos”: personas tiradas al piso, labios espumeantes y gente fuera de control; si el amor es sufrido, ellos miraban el sufrimiento como oposición a la fe. En tercer lugar, este camino es mejor por el carácter permanente del amor, en contraste con el carácter transitorio de los dones (vv. 8-10). Los dones (profecías, lenguas) tienen fecha de vencimiento; el amor es permanente, no caduca. En la actualidad estamos incompletos, pero el amor es muestra de que el futuro ha comenzado. Cuando llegue lo perfecto, lo temporal se acabará, porque cuando el sol sale, todas las luces se apagan[2].
              En cuarto lugar, este camino es mejor por el llamado a la madurez que el amor hace (vv. 9-12). El apóstol hace uso de dos metáforas para decirles que el amor no patrocina la pereza y el quietismo, más bien aboga por el desarrollo y la madurez del creyente. Con la metáfora del niño les dice que deben ir creciendo; hay que tomar conciencia de la mayoría de edad. Ellos habían tomado el tema de los dones como un juego de niños. Cuando la iglesia no toma conciencia de la naturaleza de los dones y del amor, muestra con ello su inmadurez. Con la otra metáfora, la del espejo, les dice que deben vivir expectantes por el futuro; los dones no son un fin. En quinto lugar, este camino es mejor por el carácter preminente del amor, aun por encima de la fe y la esperanza (v.13).
            La lectura de este texto ha sido relegada, de manera trivial e irreflexiva, a las ceremonias matrimoniales, un asunto que lamentamos; el texto en su contexto original habla del culto. En segundo lugar, el texto nos pregunta por qué hacemos lo que hacemos, qué buscamos al usar nuestros dones o capacidades en la comunidad. En tercer lugar, la iglesia puede existir sin los dones, pero morirá sin amor. En cuarto lugar, el apóstol no propone tanto un marco para el desarrollo y uso de los dones, sino que señala un camino superior al de la vida dedicada a la búsqueda y la ostentación de los dones del Espíritu. En quinto lugar, la dimensión donde se puede llevar a cabo el uso de los dones no es la “unción”, sino el amor. En sexto lugar, Pablo termina diciendo que dado que esto es así, que el camino mejor es el amor, entonces que se lancen a la búsqueda del amor” (14:1). ¡Qué revolución!      Fin.


[1] WRIGHT, N.T, Sorprendidos por la esperanza: repensando el cielo, la resurrección y la vida eterna. Convivium Press-Miami. 2011,  p.266.
[2] “En la venida de Cristo se habrá alcanzado el propósito final de la obra salvadora de Dios en Cristo”. FEE, Gordon, Primera epístola a los Corintios. Nueva Creación-Buenos Aires, 1998,  p.732.

miércoles, 18 de julio de 2012

La casa de mis sueños: el mensaje de Hageo ayer y hoy


La casa de mis sueños: el mensaje de Hageo ayer y hoy

convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 41
El mensaje del profeta Hageo se centra en los habitantes de Judá, sobre todo en Zorobabel y Josué, quienes después de haber llegado del exilio habían descuidado la redificación del templo o la casa de Dios. Este descuido se debía básicamente a dos razones: en primer lugar al desánimo ante la oposición samaritana frente a un primer intento de reconstrucción (Esd 3:8 - 4:24); y en segundo lugar al exceso de preocupación del pueblo por los proyectos meramente personales. Frente a esta realidad, el profeta predica cuatro sermones en los que desafía al liderazgo (poder político y religioso) y al pueblo en general a reiniciar las obras de reconstrucción del templo que los babilonios habían destruido[1].
El primer mensaje trata un asunto práctico (1:1-15): el ornamento y lujo de las casas contrasta con la ruina y le deterioro de la casa de Dios. Esta situación muestra en sí misma un desequilibrio y un cambio en las prioridades del pueblo, y a la vez pone en la mesa la cuestión de lo urgente y lo importante, lo fundamental y lo accesorio, lo central y lo periférico. Frente al letargo del pueblo al decir “aun no ha llegado el tiempo para edificar la casa de Dios” (1:2), el Señor le responde diciendo que piense, que haga un alto en el camino y reflexione. La vida del pueblo está en ruina, porque la casa de Dios también lo está. Así, el templo en ruinas es una señal clara de la condición “espiritual” del pueblo; esa situación se refleja en el día a día.  Pero el pueblo escucha y actúa.
Hay señales claras de declive espiritual en el pueblo de Dios; dejar para después lo importante es una muestra clara de ello. Cuando el hombre pierde su relación con Dios, el entorno se le vuelve agresivo (Cp. Gén 3: 9-24; Dt 28:15). El segundo mensaje trata de un asunto histórico y teológico (2:1-9): este templo sobrepasará en gloria y esplendor al referente histórico: el templo construido por Salomón (1 Rey 6-8). El referente teológico es también citado: Dios les recuerda que, según la teología del pacto en el marco de la liberación de Egipto, él moraría entre ellos. Ese era el ideal (el sueño) y por ello la construcción del tabernáculo (Éx 40:34). Ellos han sido, son y serán conocidos como un pueblo de la presencia de Dios, y esa presencia disiparía los temores en este proyecto. Pero Dios también promete abolir todas las fuerzas de agresión (2: 6,7-9). El tercer mensaje trata con un asunto litúrgico (2:10-19): la consulta a los sacerdotes sobre la cuestión de la contaminación arroja el siguiente mensaje: “el culto que ustedes hacían, los sacrificios que ofrecían, no eran agradables, porque sus vidas no lo eran”. Hay una relación íntima entre vida y culto. El culto no era una cortina que escondía la inmoralidad y los pecados del pueblo.
El cuarto mensaje trata un asunto político (2:20-23): ante el colapso de la monarquía, Judá era ahora solo provincia de Persia, y Zorobabel, gobernador de aquella. Por ser descendiente de David, el profeta proyecta en él la restauración de la dinastía, las esperanzas mesiánicas. Dios promete delegar toda su autoridad en Zorobabel, como un anillo para sellar (Cp. Jer 22: 24,30). Los compromisos de Dios para este pueblo siguen vigentes, por lo que pueden seguir confiando en él. Dios morará en su casa, la de sus sueños (ideal), estará en medio de su pueblo y gobernará a través de Zorobabel. El pueblo sería lo que tenía que ser: una nación de la presencia de Dios.
Ahora, ¿Qué tiene para decirnos este mensaje hoy? En primer lugar, el mensaje de Hageo no es un sustento teológico o escritural para construir templos hoy. La construcción de nuestros templos tiene que ver más con un asunto administrativo y estratégico, no tanto teológico, como en esa ocasión. En segundo lugar, en el NT la teología del templo es aplicada a Jesús: él es el nuevo templo que contiene la gloria de Dios, y en torno a él su pueblo, la iglesia, se congrega (Rm 12:1,2; Col 1:19). Él fue el templo en ruinas por la acción de los hombres que se reconstruyó en tres días para remplazar el templo de Jerusalén (Jn 2:19-20; 4:21). Por extensión, el templo, la casa de Dios, no es un conjunto de cuatro paredes; es su Iglesia (Ef 2:18-20; 1 Cor 6:19; 1P 2: 4,5). La iglesia es el templo en construcción, es la obra no acabada, es el asunto inconcluso, y, ante todo, la portadora de la presencia de Dios. A este proyecto somos llamados por gracia para participar de manera comprometida en su construcción.
En tercer lugar, en Cristo, el mesianismo prometido a Zorobabel llega a su clímax; en él Dios trae salvación, reafirma su reinado y trastorna los poderes de este mundo. En cuarto lugar, la palabra del profeta estimula la esperanza: no existen situaciones de destrucción ni de ruinas que sean irreversibles; aunque todo se encuentre hecho pedazos, en Dios, la reconstrucción será un proyecto posible. Así, viviendo profundamente todas nuestras destrucciones y asumiéndolas sin negarlas, lograremos experimentar la restauración y el resurgimiento que viene únicamente de Dios. En quinto lugar, la iglesia debe ser conocida como el pueblo de la presencia de Dios, un pueblo en construcción para la construcción, un lugar donde la restauración es posible, donde la esperanza y la utopía son realizables.  Fin.


[1] Cada uno de estos mensajes está dado en un marco temporal específico: de septiembre a diciembre del año segundo del rey Darío de Persia, en el 522 a. de J.C aprox.

sábado, 7 de julio de 2012

El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte II

El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte II
El centro

           convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 40
Samuel, como es sabido por las ciencias humanas como la antropología, la psicología y la sociología, todo ser humano debe responder a las preguntas “¿para qué estoy aquí?”,  “¿para qué existo?” y “¿cuál es mi centro?”.  Una vez respondidas, se genera una agenda o proyecto de vida que determinará valores, principios y prioridades en la existencia de un individuo[1]. En la Biblia encontramos varios ejemplos de personas que dieron respuesta a esas preguntas, aunque trajeran algunos “malestares”: Josué tuvo que definir su centro en Siquem ante las tribus de Israel (Jos 24:15); Jesús hizo lo propio ante el éxito por milagros y exorcismos (Mr 1:38); y los apóstoles igualmente lo hicieron frente al desafío de un problema interno en la iglesia naciente (Hch 6:4). En la predicación, mi querido amigo, también pasa lo mismo. Cuando te enfrentas a un texto debes definir su centro, o responder a la pregunta “¿Qué dice este texto?”;  la respuesta determinará muchos asuntos a la hora de predicar tu sermón.
            Cuando estés trabajando un texto para tu predicación, lo primero que debes definir es la idea central o idea exegética, o el centro del texto. La mente humana siempre se está preguntando de qué trata esto o aquello, una película, un libro o una discusión. Por eso, si tienes una idea clara sobre el tema central del texto serás concreto y claro al comunicar. En ocasiones, la idea central del texto no será fácil de encontrar, no porque el autor la dejó como un código indescifrable, sino por la dificultad a nivel narrativo, argumentativo o poético a la que muchas veces nos enfrentamos como predicadores, y por los ‘lentes’ o presupuestos con los que a veces nos acercamos al texto Bíblico. Sin embargo, hay dos preguntas que se le deben hacer texto; esto es muy útil a la hora de hallar la idea central. La primera pregunta define el tema: “¿De qué está hablando al autor?”; la segunda define el complemento: “¿Qué dice de eso que habla?”[2] Si aplicamos estas preguntas a la siguiente sentencia: “el cielo es azul”, responderíamos así: “Tema: el color del cielo; complemento: es azul”. Tomemos una segunda sentencia: “lámpara es  a mis pies tu Palabra”. Tema: el beneficio de la Palabra; complemento: guía en la oscuridad.
            Ahora, querido amigo, trabajemos un texto de manera más detallada. Tomemos Efesios 3:1-13. Por las repeticiones y énfasis que hace el autor, el tema es “el misterio de Dios”, y el complemento es “que lo judíos y gentiles formen, en Cristo, un solo pueblo llamado iglesia”. El mensaje central de este texto se expresaría así: el misterio de Dios consiste en que los judíos y no judíos formen, en Cristo, un solo pueblo llamado iglesia. Así, y de manera simple (no simplista), hemos encontrado lo central en el texto de Efesios. Ahora sabes con certeza de qué trata este texto; esto hará más sencilla su comunicación. Pero falta algo muy importante: el bosquejo o estructura. La idea central es como una gran cuerda; hay ideas secundarias, que son como prendas de vestir que vas colgando; pero falta el fundamento que sostiene a la idea central, al que se le llama bosquejo o estructura. Cuando tengas la idea central te propongo hacer una tercera pregunta que acompaña a las dos de la idea exegética: “¿cómo desarrolla el autor esa idea en el texto?” De esta manera no le impones al texto una estructura sino que te dejas llevar por él para descubrir la estructura que el autor usó o la manera en la que organizó sus ideas para comunicar su mensaje.
            El escritor pudo usar contrastes, resúmenes, declaraciones generales, desarrollar un argumento con clímax intermedio o final, repetir términos o frases, desarrollar un argumento lógico, usar símbolos o imágenes, elaborar y contestar preguntas, usar paralelismos, entre otros. Así, mi querido amigo, te darás cuenta de que mensaje y forma no compiten, se complementan. En Marcos 4:35-41, cuando preguntamos cómo desarrolla el autor la idea central, encontramos tres elementos grandes y tres preguntas: una gran tormenta y una pregunta, una gran quietud y una pregunta, un gran temor y otra pregunta. Si te es útil, de todo lo que te he expresado, te propongo un resumen. Frente al texto, pregunta: 1) ¿Qué está diciendo el autor? Resume en una frase o párrafo pequeño el mensaje del texto; así podrás entrar un poco en la ‘mente’ del autor.  2) ¿Por qué lo está diciendo? Esto te introduce un poco en la problemática interna de los lectores primarios, pues hay detalles entre líneas que son necesarios notar. 3) ¿Cómo lo está diciendo? De esta manera descubres la estructura lógica o bosquejo que el autor usó para ordenar y comunicar mejor su mensaje. Recuerda que lo central es lo importante;  sin ello todo lo demás es vano. Lucha con el texto cual Jacob con el ángel (no lo sueltes hasta hallar lo central). ¡Encuéntralo, vívelo y predícalo!  Continuará…



[1] “En ultima instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ellos plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo”. FRAKL, Víctor, El hombre en busca de sentido. Herder-Barcelona, 1988, p 79.
[2] ROBINSON, Haddon W, La predicación Bíblica: cómo desarrollar mensajes expositivos. Unilit- Miami, 2000, p 40,41.

miércoles, 20 de junio de 2012

Abdías para principiantes. Parte II


Abdías para principiantes. Parte II
Reflexión sobre una imprecación contestada
Abdías 1:1-21
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 39
Siendo Edom descendiente de Esaú, y Judá descendiente de Jacob, Judá esperaba una actitud diferente de parte de Edom, al caer en manos de Babilonia. El profeta describe ahora el porqué del castigo divino: Edom no fue solidario con sus hermanos. Eso dolió, porque no hay mal que más duela que el causado por aquellos que consideramos cercanos y amigos. Edom fue traicionero, indiferente; se gozó con el mal ajeno, habló más de la cuenta; aprovechó la vulnerabilidad de Judá para entrar, mirar y tomar; asaltó y traicionó (vv.10-14). Por eso el salmista ora de manera imprecatoria: “Señor, acuérdate de los edomitas el día en que cayó Jerusalén. ¡Arrásenla, gritaban, arrásenla hasta sus cimientos!” (Sal 137:6). El “acuérdate” aquí no es simplemente una acción mental de traer a la memoria, sino que tiene que ver con ‘tomar cartas en el asunto’. Recordemos que a esta imprecación, a estos sentimientos por la justicia de Dios, responde Abdías en su libro. Su mensaje es: Edom será castigado por Dios por la actitud hacia Judá, su hermano, en el día de la dificultad y la angustia. Dios afirmará su reino, Edom desaparecerá.
            Ahora el profeta anuncia que “el día del Señor” está cercano, que será un tiempo de venganza[1]. Edom pagará de la misma manera que trató a Judá. Será un verdadero festín, las naciones beberán de Edom (vv.15, 16)[2]. El profeta anuncia el regreso del pueblo a su tierra, al monte Sion. Con una retórica magistral, Abdías dice que Judá pasará de ser quemada a quemar, de no poseer a ser poseedor, de ser perdedor a ser triunfador. De esta manera  el reino del Señor será reivindicado (vv.17-21). Así, el reino, el gobierno de Dios, es anunciado creando expectativa y esperanza. Para el profeta, solo con la destrucción de Edom, símbolo de los poderes terrenales que se levantan contra Dios, será completada la restauración. Este reino relativiza a todos los poderes y reinos terrenales[3]. Es así como la metáfora de “Dios como rey”, en el AT, no tiene una implicación caprichosa o altanera, sino más bien que comunica el ordenamiento de la creación como un lugar viable y fiable donde pueda desarrollarse la vida y el bienestar[4].
            La situación descrita por Abdías (la tensión  y enemistad entre Judá y Edom), hace parte de un asunto familiar que en el AT se va acrecentando hasta convertirse en una cuestión política con implicaciones internacionales y misiológicas. La lucha empieza en una matriz y termina con una guerra entre naciones (Gn 25:20-23 Cp. 2 Crón 28:17). La rivalidad llega hasta el siglo primero, cuando Herodes El Grande, Idumeo (edomita), trata de destruir al recién nacido niño Jesús (Mt 2:16). Es así como la pregunta hecha a Caín “¿dónde está tu hermano?” retumba en esta historia. El texto nos pregunta, sin rayar en actitudes maniqueas, por la solidaridad “¿De qué lado estamos?” Las posiciones, los diferentes espacios donde nos movemos, los usamos para vejar y maltratar o para servir, especialmente a aquel que ha caído en manos de delincuentes, ya sean comunes o egresados de Harvard.
            En segundo lugar, la imprecación (oración por justicia) nace en el dolor o la tragedia, clama por la justicia y la deja en manos de Dios. En la teocracia la imprecación era remitida a Dios. En sistemas de gobierno como la democracia, la imprecación es remitida al Estado que tiene toda autoridad para impartir el derecho y la justicia. La imprecación no consiste tanto en desear lo malo, sino en anhelar justicia (2 Tim 4:11). Note que el orante no toma la venganza en sus manos: remite sus deseos de venganza y justicia a Dios. En tercer lugar, en el AT, Israel había sido escogido por Dios para darse a conocer a las naciones (Gn 12:1-3); para ello, Israel tenía que vivir como pueblo de Dios, como la nación del pacto; pero los demás pueblos eran responsables por la manera en la que respondían a la revelación de Dios en Israel. La respuesta podía traer juicio o salvación. En este sentido, en el NT, Jesús es el nuevo Israel; él asume la misión de Israel y la lleva a su punto culminante (Mt 2:15; Lc 2:25; 4:4). En Cristo están combinados los elementos del reino, como en Abdías, y la reivindicación de este Israel. Por ello, no es casualidad que Apocalipsis diga: “Todas las tribus de la tierra harán lamentación por él” (Ap 1:7). Así Dios lleva a cabo su misión: a través de Israel declara su reino, y dado que después del exilio quedan expectativas de un reino más completo (Mal 3:1; 4:5); en Jesús este reino llega (Mrc 1:14,15), Dios se revela para salvación y para juicio (Jn 3:17,18). Fin.


[1] La fórmula usada aquí es la de la ley del Talión: Edom recibirá conforme a lo que hizo.
[2] La fórmula "el día de Yahvé" se convierte en la expresión técnica que resume el mensaje de esperanza propuesto por los profetas.
[3] CARHUACHIN, César. Abdías, en Comentario Bíblico Mundo Hispano Tomo 13: Oseas-Malaquías. Mundo Hispano-El Paso (Texas), 2003, p 166.
[4] BRUEGGEMANN, Walter. Teología del Antiguo Testamento: un juicio a Yahvé. Sígueme- Salamanca, 2007, p 260.

miércoles, 6 de junio de 2012

Abdías para principiantes. Parte I

Abdías para principiantes. Parte I.
Reflexión sobre una imprecación contestada
Abdías 1:1-21
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 38
¿Qué pasa por la mente de un padre al cual le acaban de violar a su hija? ¿Qué piensan los campesinos que por la fuerza han sido sacados de sus tierras, dejando su futuro en el pasado? ¿Qué tipo de sentimientos anidan en el corazón del ciudadano común que vive en carne propia los vejámenes de quienes ostentan el poder? ¿Qué siente alguien que ha sido traicionado por su amigo? Si tuviésemos la oportunidad de tener registros audiovisuales o escritos de los pensamientos, sentimientos y actitudes de las personas en las situaciones anteriormente descritas, tendríamos la oportunidad de apreciar la justa impotencia, y el odio hacia sus detractores; pero sobre todo, los profundos deseos de justicia hacia ellos por parte del Estado. Esta misma situación es la que se da en Judá a la luz de la tragedia del exilio y los vejámenes que le propinaron sus enemigos en las invasiones. Los registros escritos dan fe de ello; basta con dar un vistazo al libro de las Lamentaciones, al salmo 137 y al texto del profeta Abdías[1].
            Hay dos hechos importantes que tejen la trama y el mensaje de Abdías: uno es el evento histórico de la irrupción de Babilonia al reino del sur, Judá, para llevarlos como botín de guerra a tierra extraña; el otro, que surge como consecuencia del primero, al nacer ese sentimiento de impotencia, cuando las instituciones colapsan y se experimenta en carne propia la vejación, la violación de sus mujeres y el asesinato brutal de sus niños. Este hecho es la convicción teológica de que Dios es justo y está al control de todo (aunque a veces esto no parezca muy claro); por ello se va ante él clamando en oración justicia. Es el salmo 137 el que presenta una oración de imprecación pidiendo venganza divina en favor de Judá y en contra de Edom. Así, el salmista ora pidiendo justicia, y en el mensaje de Abdías Dios responde afirmando su reino y condenando a Edom[2]. La profecía de Abdías describe el castigo divino a Edom por la actitud hacia Judá, su hermano, en el día de la dificultad y la angustia. Pero, ¿cómo se da esto? Veámoslo:
            El mensaje de Abdías se presenta en una estructura sencilla[3]: en la introducción (v.1) se convoca a una confederación de naciones vecinas para que unidas apunten a Edom en batalla. Mientras esta voz se extiende y los ejércitos se alistan para la batalla, el profeta describe con lujo de detalles a Edom y dice qué es lo que Dios hará con este pueblo (vv.2-9). El problema fundamental de Edom es su orgullo y arrogancia. Hay algunos elementos que han jugado un papel importante en el cultivo de esas actitudes. En primer lugar, su posición geográfica: estaba incrustado en una zona montañosa y empinada, lo que hacía casi imposible llegar a tocarlo; por ello, lanza con arrogancia la pregunta “¿Quién podrá derribarme?”[4] En segundo lugar, su fuerza militar: la posición geográfica era militarmente estratégica, y hacía alarde de su valientes (v.9). En tercer lugar, sus relaciones y alianzas eran símbolo de confianza y seguridad (v.7). En cuarto lugar, sus sabios y entendidos; Edom fue conocida por su habilidad en los negocios y astucia diplomática (v. 8 Cp. Jr 49:7). Y en quinto lugar, sus tesoros, su orgullo económico.
            Hasta aquí Edom ha sembrado la semilla de su propia destrucción. Sus ventajas geográficas, militares y demás, han sido utilizadas para alimentar su ego, su carrera a la dominación. Edom pasará de lo alto a lo bajo,  de ser amada a ser despreciada, de ser grande a ser pequeña. Edom olvidó algo importante: por más alto que uno suba, siempre habrá alguien más arriba. Ante el Señor, cualquier sitio será inseguro. No habrá escondite. Con toda razón el proverbista declara: “antes de la quiebra está el orgullo; y antes de la caída, la altivez de espíritu” (Pr 16:18). Hasta el momento solo se ha descrito lo que Dios le hará a Edom; sin embargo, se debe mirar también el porqué de la situación descrita.                   Continuará… 


[1] “Por los eventos en mención, la fecha de composición del libro parece ubicarse en los años siguientes a 586 (Jr 49)” ABREGO DE LACY, J.M, Introducción al estudio de la Biblia: los libros proféticos. Verbo Divino- Estella (Navarra), 2003, p 186.
[2] Edom, descendiente de Esaú, hermano de Jacob, no se hizo solidario en los eventos del 587 y se puso al lado de Babilona.
[3] También se presenta una estructura  más compleja en quiasmo, así:
A. Batalla contra Edom, v.1.
     B. El monte de Edom humillado, vv. 2-9.
           C. La violencia de Edom contra Judá, vv. 10-14.
                 D. El día del Señor: así se hará contigo, v. 15.
           C’. Serás violentado, v.16.
     B’. El monte Sion establecido, vv.17, 18.
A’. Batalla contra Edom, vv. 19,20.
[4] Edom estaba ubicada en las montañas del sur de El Mar Muerto.

viernes, 18 de mayo de 2012

El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte I


El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte I
El encuentro
            convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 37
Mi querido amigo Samuel, me lleno de gozo al enterarme de que acabas de comenzar la dura pero reconfortante tarea de predicar la Palabra de Dios. Por esto, hoy quiero empezar a escribirte, no como quien está por encima de ti dándote órdenes, sino como un amigo que camina contigo; es decir, te escribo como compañero de lucha, como caminante del mismo camino, como el que ríe con el mismo chiste, o como el que sufre tu mismo sufrimiento. Lo que de aquí en adelante te diré es lo que he vivido en mi tarea como predicador, lo que he aprendido cuando enseño, lo que he descubierto en mis largas horas de estudio, lo bueno y lo malo que he visto en mis enseñadores; pero sobre todo, estos consejos intentarán reflejar el encuentro vivo con el Dios del texto inspirado. Te escribo con temor a parecer orgulloso, arrogante o presumido, al decir que tengo en mi mano “la última Palabra”, esa Palabra que no me pertenece, que no está a la venta, que no es manipulable; la Palabra de Dios que se convierte en “Palabra última”, en la Palabra de las palabras.
            Hoy no te hablaré de métodos, aunque sí lo haré después. Quiero hablarte de lo que creo, pues todo predicador debe comenzar con un encuentro. El evangelio de Lucas nos narra la historia de dos discípulos desesperanzados, frustrados y desorientados (Lc 22:13-33). Ese estado emocional fue causado por una interpretación teológica parcializada. Ellos creían en la “teología oficial” respecto al Mesías; un líder en términos meramente políticos que derrocaría a Roma y traería consigo la reivindicación política de Israel en su tierra, Palestina. Así, tierra, templo, ley, pueblo y Mesías serían el cumplimiento de largos años de espera. Por eso ellos exclamaban con desencanto “¡nosotros esperábamos…!”, demostrando con esto que ya todo estaba perdido. Así, cuando el espectáculo grotesco de la cruz termina, cuando las lámparas se han apagado, cuando la tarde se despide al ver llegar la noche que le relevará en el siguiente turno de la jornada, los dos discípulos van de Jerusalén a Emaús. Son once kilómetros para hacer remembranza del dolor y la tragedia. El maestro ha muerto, y con él, la esperanza. Este es un ejemplo claro de cómo nuestra teología influye en nuestros estados de ánimo.
             En el recorrido, de repente se une un caminante, alguien que al parecer ‘vive en las nubes’, pues no está al tanto de lo que ha ocurrido; no sabe lo que pasó en Jerusalén. El aparente “provinciano” no se percató de lo que había sucedido ese fin de semana en la capital. Ellos le cuentan con dolor sus dolores. Pero, de repente, el forastero desinformado resulta saber más que sus informantes. Ellos habían sido tardos para entender el mensaje de los profetas acerca del Mesías. “La respuesta del extraño consiste en contar el relato de manera diferente y mostrar que dentro de los precedentes históricos, las promesas proféticas, y las oraciones de los salmistas subyace un tema y un patrón constante que hasta ese momento no habían percibido…el problema era que habían contado y vivido un relato equivocado”[1]. Allí les interpreta, entonces, las Escrituras. No toma una parte de ellas o un versículo, sino que busca el sentido de “toda” la Escritura (“Moisés y los profetas”), y lo aplica a su experiencia (22: 26, 27).
            Así, el forastero les dice a sus acompañantes que la Escritura debe ser leída en clave cristológica. Cuando ya les ha sido revelado el sentido de todo, ‘miran hacia atrás’ y comentan la emoción que sentían cuando el mismo Señor les explicaba la Escritura. No es la novedad lo que genera tanta emoción; es simplemente que la Escritura ha sido leída e entrepretada a la luz de la obra de Cristo. Ahora regresan inmediatamente a Jerusalén. Once kilómetros de vuelta, ya no para narrar sus tristezas, sino para contar su buena nueva. Ya no relatan tristezas; ahora cuentan y celebran la esperanza. Y es que solo un encuentro tan especial puede hacer que situaciones y lugares que habían significado tristezas y angustias, se conviertan en espacios de celebración. Solo un encuentro tan significativo puede convertirnos en comunicadores del evangelio.
Nota, Samuel: lo que los discípulos tienen con el forastero es una clase de Hermenéutica[2]; pero no de manera tradicional, sino a manera de encuentro. Es por esto que la experiencia fundamental y vocacional de todo predicador no comienza en un salón de clases ni con un texto de Hermenéutica; comienza con un encuentro vivo, relacional y existencial con el Señor resucitado; no solo aquel que nos encuentra con su gracia en nuestros ‘caminos a Emaús’, sino también el Señor de quien el texto de la Escritura testifica, no como una ‘nota de pie de página’ sino como su tema fundamental. Recuerda: la Palabra es necesaria; pídela a gritos, como un bebé pide su alimento. La Palabra es luz: no la apagues; déjate guiar por ella. La Palabra es espada o herramienta de combate y no un accesorio: úsala. Pero sobre todo, la Palabra es Cristo: vive para él, ¡déjate encontrar por él!      Continuará…


[1] WRIGHT, N.T, El desafío de Jesús. Desclée de Brouwer-Bilbao, 2003, pp. 208, 209.
[2] La raíz del verbo griego que se usa para ‘interpretar’ o ‘declarar’ es “διερμηνεύω”, de donde viene nuestra palabra ‘hermenéutica’ (Lc 22:27).

viernes, 11 de mayo de 2012

El niño predicador. Parte II


El niño predicador. Parte II
Llamado y vocación de Jeremías
Jer 1:1-19
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 36
La misión ha sido revelada y descubierta; ante el desafío de esta, el niño predicador, tal vez sin haber reflexionado en las implicaciones de su llamado, recibe ahora una doble visión (vv.12, 14). En primer lugar, ve un almendro y escucha la sentencia “yo vigilo”[1]. Así, el mensaje es que Dios no duerme, no toma una siesta, sino que vigila para que su Palabra se cumpla. En segundo lugar, Jeremías ve una olla hirviendo a punto de rebosar. Este rebosamiento sucederá en sentido norte/sur. Dios convoca a Jeremías para que sea su portavoz, y usa a pueblos extraños como instrumentos para sus planes. Dios mismo se sitúa, entonces, como enemigo de los moradores de Judá, pues lo abandonaron y se fueron tras los ídolos (v.16).
El niño predicador está por iniciar su actividad profética; para confirmarle su vocación y llamado se le dan tres órdenes (vv.17-19): primero, debe estar listo para la lucha; segundo, debe decir todo lo que Dios mande sin manipular el mensaje; y tercero, no se debe intimidar delante de su complicado auditorio. El miedo tiene un efecto paralizador y puede echar a perder todo. El profeta vence sus miedos o sale vencido por ellos. El Señor libera a Jeremías de sus temores; por ello las imágenes de ‘ciudades fortificadas’, ‘columna de hierro’ y ‘muralla de bronce’ (v.18a). Jeremías sería un profeta que causaría incomodidades a su auditorio, pues la audiencia estaba conformada por reyes, magistrados, sacerdotes y el pueblo en general. Esos cuatro sectores serían alcanzados por el mensaje profético. Todo el país se levantará contra un individuo débil y temeroso, pero él no caerá, porque Dios lo ha transformado en una ciudad que no puede ser invadida[2]. El Señor sólo le promete sobrevivir, no le promete victorias (v.19). Es así como el profeta tiene la Palabra de Dios y su presencia sobre su vida.
            La situación para este niño no es fácil. Por un lado tiene que enfrentar su pasado, el profeta tiene en su “debe” el hecho que sus antepasados se hayan declarado en contra de la ascensión al trono de uno de los reyes más insignes de la monarquía unida: Salomón. Es decir, cargaba con una culpa histórica. Todos, en cierto modo, llevamos cargas que otros nos pusieron, herencias que no deseamos, pesos que no pedimos: el niño que nace con sida, una situación crítica en la economía familiar por la mala administración de sus papás, el país en guerra que otros nos legaron, la mujer que usa sus lentes oscuros para ocultar y disimular los golpes que su esposo le propinó. Todos tenemos que asumir un pasado propio o ajeno, porque finalmente todos somos ‘de Anatot’. Jeremías predicaba y sus colegas le miraban ‘por encima del hombro’ y susurrando “pero este, ¿quién se ha creído? ¿acaso no es de los sacerdotes  de Anatot?”. No hay nada más frustrante que una conciencia acusadora y un dedo señalador.
            La situación del profeta es complicada no solo por su pasado, sino por que tiene que enfrentar en su presente a una sociedad corrupta: a los reyes que representan el poder civil, a los magistrados o jueces que representan el poder judicial y militar, a los sacerdotes encargados de velar por el culto y la pureza de la fe, y al pueblo de la tierra, es decir, a los ciudadanos libres y con derechos. Dios envía la Palabra porque cuando una sociedad se vuelve corrupta, corre el peligro de desintegrarse, no cumpliendo así el propósito por el cual existe. La corrupción en cualquier sociedad tiene efectos nefastos: carcome las instituciones, destruye la ética, desvirtúa la justicia, impide el desarrollo económico y social, y debilita el poder y la vigencia de las leyes. Frente a esta situación, el profeta es la conciencia social, es el guardián de la ley, es el dedo señalador, es el sembrador de esperanza. A través del profeta, Dios incomoda y reacomoda. Por eso, el profeta tiene que decidir entre ser exitoso o ser fiel a Dios. En el AT, los profetas murieron por su mensaje; en el NT Jesús invita a los suyos a unirse a esta lista al asumir la predicación del reino con todas sus implicaciones (Mt 5:11,12).
            Finalmente, así como en los textos, los hombres también significan en contexto. Esto quiere decir que no podemos entender a un hombre, su mensaje y sus actitudes, sin conocer el contexto en el cual vivió. Tal vez eso es lo que implica la famosa tesis orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia”[3]. La invitación del libro de Jeremías, desde el inicio, es a conocer a un predicador que vive en un contexto religioso y político específico, no en el abstracto. Así, la teología toma forma de hombre y la predicación se torna también humana. Fin.


[1] La relación entre ‘almendro’ y ‘vigilo’ es de asonancia, pues tienen un sonido similar en hebreo (shaqad-shoqed).
[2] SOLANO ROSSI, Luiz, Cómo leer el libro de Jeremías: profecía al servicio del pueblo. San Pablo-Bogotá, 2011, p 23.
[3] ORTEGA Y GASETT, José, Meditaciones del quijote, en http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiacontemporanea/Ortega/Ortega-MundoOCircunstancia.htm. Consulta 09 de Mayo del 2012.