viernes, 18 de mayo de 2012

El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte I


El valor de predicar: consejos para un amigo predicador. Parte I
El encuentro
            convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 37
Mi querido amigo Samuel, me lleno de gozo al enterarme de que acabas de comenzar la dura pero reconfortante tarea de predicar la Palabra de Dios. Por esto, hoy quiero empezar a escribirte, no como quien está por encima de ti dándote órdenes, sino como un amigo que camina contigo; es decir, te escribo como compañero de lucha, como caminante del mismo camino, como el que ríe con el mismo chiste, o como el que sufre tu mismo sufrimiento. Lo que de aquí en adelante te diré es lo que he vivido en mi tarea como predicador, lo que he aprendido cuando enseño, lo que he descubierto en mis largas horas de estudio, lo bueno y lo malo que he visto en mis enseñadores; pero sobre todo, estos consejos intentarán reflejar el encuentro vivo con el Dios del texto inspirado. Te escribo con temor a parecer orgulloso, arrogante o presumido, al decir que tengo en mi mano “la última Palabra”, esa Palabra que no me pertenece, que no está a la venta, que no es manipulable; la Palabra de Dios que se convierte en “Palabra última”, en la Palabra de las palabras.
            Hoy no te hablaré de métodos, aunque sí lo haré después. Quiero hablarte de lo que creo, pues todo predicador debe comenzar con un encuentro. El evangelio de Lucas nos narra la historia de dos discípulos desesperanzados, frustrados y desorientados (Lc 22:13-33). Ese estado emocional fue causado por una interpretación teológica parcializada. Ellos creían en la “teología oficial” respecto al Mesías; un líder en términos meramente políticos que derrocaría a Roma y traería consigo la reivindicación política de Israel en su tierra, Palestina. Así, tierra, templo, ley, pueblo y Mesías serían el cumplimiento de largos años de espera. Por eso ellos exclamaban con desencanto “¡nosotros esperábamos…!”, demostrando con esto que ya todo estaba perdido. Así, cuando el espectáculo grotesco de la cruz termina, cuando las lámparas se han apagado, cuando la tarde se despide al ver llegar la noche que le relevará en el siguiente turno de la jornada, los dos discípulos van de Jerusalén a Emaús. Son once kilómetros para hacer remembranza del dolor y la tragedia. El maestro ha muerto, y con él, la esperanza. Este es un ejemplo claro de cómo nuestra teología influye en nuestros estados de ánimo.
             En el recorrido, de repente se une un caminante, alguien que al parecer ‘vive en las nubes’, pues no está al tanto de lo que ha ocurrido; no sabe lo que pasó en Jerusalén. El aparente “provinciano” no se percató de lo que había sucedido ese fin de semana en la capital. Ellos le cuentan con dolor sus dolores. Pero, de repente, el forastero desinformado resulta saber más que sus informantes. Ellos habían sido tardos para entender el mensaje de los profetas acerca del Mesías. “La respuesta del extraño consiste en contar el relato de manera diferente y mostrar que dentro de los precedentes históricos, las promesas proféticas, y las oraciones de los salmistas subyace un tema y un patrón constante que hasta ese momento no habían percibido…el problema era que habían contado y vivido un relato equivocado”[1]. Allí les interpreta, entonces, las Escrituras. No toma una parte de ellas o un versículo, sino que busca el sentido de “toda” la Escritura (“Moisés y los profetas”), y lo aplica a su experiencia (22: 26, 27).
            Así, el forastero les dice a sus acompañantes que la Escritura debe ser leída en clave cristológica. Cuando ya les ha sido revelado el sentido de todo, ‘miran hacia atrás’ y comentan la emoción que sentían cuando el mismo Señor les explicaba la Escritura. No es la novedad lo que genera tanta emoción; es simplemente que la Escritura ha sido leída e entrepretada a la luz de la obra de Cristo. Ahora regresan inmediatamente a Jerusalén. Once kilómetros de vuelta, ya no para narrar sus tristezas, sino para contar su buena nueva. Ya no relatan tristezas; ahora cuentan y celebran la esperanza. Y es que solo un encuentro tan especial puede hacer que situaciones y lugares que habían significado tristezas y angustias, se conviertan en espacios de celebración. Solo un encuentro tan significativo puede convertirnos en comunicadores del evangelio.
Nota, Samuel: lo que los discípulos tienen con el forastero es una clase de Hermenéutica[2]; pero no de manera tradicional, sino a manera de encuentro. Es por esto que la experiencia fundamental y vocacional de todo predicador no comienza en un salón de clases ni con un texto de Hermenéutica; comienza con un encuentro vivo, relacional y existencial con el Señor resucitado; no solo aquel que nos encuentra con su gracia en nuestros ‘caminos a Emaús’, sino también el Señor de quien el texto de la Escritura testifica, no como una ‘nota de pie de página’ sino como su tema fundamental. Recuerda: la Palabra es necesaria; pídela a gritos, como un bebé pide su alimento. La Palabra es luz: no la apagues; déjate guiar por ella. La Palabra es espada o herramienta de combate y no un accesorio: úsala. Pero sobre todo, la Palabra es Cristo: vive para él, ¡déjate encontrar por él!      Continuará…


[1] WRIGHT, N.T, El desafío de Jesús. Desclée de Brouwer-Bilbao, 2003, pp. 208, 209.
[2] La raíz del verbo griego que se usa para ‘interpretar’ o ‘declarar’ es “διερμηνεύω”, de donde viene nuestra palabra ‘hermenéutica’ (Lc 22:27).

viernes, 11 de mayo de 2012

El niño predicador. Parte II


El niño predicador. Parte II
Llamado y vocación de Jeremías
Jer 1:1-19
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 36
La misión ha sido revelada y descubierta; ante el desafío de esta, el niño predicador, tal vez sin haber reflexionado en las implicaciones de su llamado, recibe ahora una doble visión (vv.12, 14). En primer lugar, ve un almendro y escucha la sentencia “yo vigilo”[1]. Así, el mensaje es que Dios no duerme, no toma una siesta, sino que vigila para que su Palabra se cumpla. En segundo lugar, Jeremías ve una olla hirviendo a punto de rebosar. Este rebosamiento sucederá en sentido norte/sur. Dios convoca a Jeremías para que sea su portavoz, y usa a pueblos extraños como instrumentos para sus planes. Dios mismo se sitúa, entonces, como enemigo de los moradores de Judá, pues lo abandonaron y se fueron tras los ídolos (v.16).
El niño predicador está por iniciar su actividad profética; para confirmarle su vocación y llamado se le dan tres órdenes (vv.17-19): primero, debe estar listo para la lucha; segundo, debe decir todo lo que Dios mande sin manipular el mensaje; y tercero, no se debe intimidar delante de su complicado auditorio. El miedo tiene un efecto paralizador y puede echar a perder todo. El profeta vence sus miedos o sale vencido por ellos. El Señor libera a Jeremías de sus temores; por ello las imágenes de ‘ciudades fortificadas’, ‘columna de hierro’ y ‘muralla de bronce’ (v.18a). Jeremías sería un profeta que causaría incomodidades a su auditorio, pues la audiencia estaba conformada por reyes, magistrados, sacerdotes y el pueblo en general. Esos cuatro sectores serían alcanzados por el mensaje profético. Todo el país se levantará contra un individuo débil y temeroso, pero él no caerá, porque Dios lo ha transformado en una ciudad que no puede ser invadida[2]. El Señor sólo le promete sobrevivir, no le promete victorias (v.19). Es así como el profeta tiene la Palabra de Dios y su presencia sobre su vida.
            La situación para este niño no es fácil. Por un lado tiene que enfrentar su pasado, el profeta tiene en su “debe” el hecho que sus antepasados se hayan declarado en contra de la ascensión al trono de uno de los reyes más insignes de la monarquía unida: Salomón. Es decir, cargaba con una culpa histórica. Todos, en cierto modo, llevamos cargas que otros nos pusieron, herencias que no deseamos, pesos que no pedimos: el niño que nace con sida, una situación crítica en la economía familiar por la mala administración de sus papás, el país en guerra que otros nos legaron, la mujer que usa sus lentes oscuros para ocultar y disimular los golpes que su esposo le propinó. Todos tenemos que asumir un pasado propio o ajeno, porque finalmente todos somos ‘de Anatot’. Jeremías predicaba y sus colegas le miraban ‘por encima del hombro’ y susurrando “pero este, ¿quién se ha creído? ¿acaso no es de los sacerdotes  de Anatot?”. No hay nada más frustrante que una conciencia acusadora y un dedo señalador.
            La situación del profeta es complicada no solo por su pasado, sino por que tiene que enfrentar en su presente a una sociedad corrupta: a los reyes que representan el poder civil, a los magistrados o jueces que representan el poder judicial y militar, a los sacerdotes encargados de velar por el culto y la pureza de la fe, y al pueblo de la tierra, es decir, a los ciudadanos libres y con derechos. Dios envía la Palabra porque cuando una sociedad se vuelve corrupta, corre el peligro de desintegrarse, no cumpliendo así el propósito por el cual existe. La corrupción en cualquier sociedad tiene efectos nefastos: carcome las instituciones, destruye la ética, desvirtúa la justicia, impide el desarrollo económico y social, y debilita el poder y la vigencia de las leyes. Frente a esta situación, el profeta es la conciencia social, es el guardián de la ley, es el dedo señalador, es el sembrador de esperanza. A través del profeta, Dios incomoda y reacomoda. Por eso, el profeta tiene que decidir entre ser exitoso o ser fiel a Dios. En el AT, los profetas murieron por su mensaje; en el NT Jesús invita a los suyos a unirse a esta lista al asumir la predicación del reino con todas sus implicaciones (Mt 5:11,12).
            Finalmente, así como en los textos, los hombres también significan en contexto. Esto quiere decir que no podemos entender a un hombre, su mensaje y sus actitudes, sin conocer el contexto en el cual vivió. Tal vez eso es lo que implica la famosa tesis orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia”[3]. La invitación del libro de Jeremías, desde el inicio, es a conocer a un predicador que vive en un contexto religioso y político específico, no en el abstracto. Así, la teología toma forma de hombre y la predicación se torna también humana. Fin.


[1] La relación entre ‘almendro’ y ‘vigilo’ es de asonancia, pues tienen un sonido similar en hebreo (shaqad-shoqed).
[2] SOLANO ROSSI, Luiz, Cómo leer el libro de Jeremías: profecía al servicio del pueblo. San Pablo-Bogotá, 2011, p 23.
[3] ORTEGA Y GASETT, José, Meditaciones del quijote, en http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiacontemporanea/Ortega/Ortega-MundoOCircunstancia.htm. Consulta 09 de Mayo del 2012.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El niño predicador. Parte I

El niño predicador. Parte I
Llamado y vocación de Jeremías
Jer 1:1-19
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 35
            “Josué David predica y convoca a cientos de personas. También dicen que hace milagros. Algunos dudan, otros lo siguen ciegamente. ¿Puede un adolescente de 13 años convertirse en un fenómeno religioso?”[1]. La experiencia de Jeremías, que se nota en la lectura del libro que lleva su nombre, deja ver una tensión entre los que dudan de su ministerio y los que creen que realmente tiene Palabra de Dios para el pueblo. Pero es en el comienzo del libro donde el mismo profeta, ante el llamamiento divino, se hace la misma pregunta que se plantea frente al caso de Josué David Parra, el niño predicador que se ha convertido en fenómeno religioso en nuestro país. Jeremías pregunta “¿Puedo convertirme yo, a pesar de mi juventud, en profeta para Judá?”. El relato de vocación de los primeros versos de Jeremías nos convoca a vivir de cerca lo que significa ser llamado por Dios y quedar sin excusas ante el llamamiento. El relato tiene la siguiente estructura: a) Introducción (vv.1-3), b) Misión (vv.4-8), c) Investidura (vv.9, 10), d) Elemento teofánico: visiones (vv.11-14), e) Ampliación del mensaje (vv.15, 16), f) Confirmación de la misión (vv.17-19)[2]. Veamos, entonces, la manera en la que “un niño” se convierte en predicador.
            En la introducción, el texto abre de inmediato diciendo tres asuntos: en primer lugar, el trasfondo familiar de Jeremías: él pertenece a la familia de sacerdotes que Salomón había enviado a Anatot porque no apoyaron su ascenso al trono (1 Re 2:26, 27). En segundo lugar, el contexto político en el que Jeremías profetizó: durante los reinados de Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías (650-587 a.C.). Y en tercer lugar, la fuente o el origen de su mensaje: la palabra de Jeremías es la palabra de Dios, es una palabra dinámica, viva; es un acontecer, un suceder[3]. En la misión, es el mismo profeta quien toma la palabra para decir cómo se dio el proceso de llamamiento. Antes de recibir la palabra, el profeta debe tener un encuentro con el Dios de la Palabra. Entonces, lo que acredita a este predicador no es la altura académica del seminario en el que se graduó, sino el encuentro vivo con su Señor. Lo que Dios le dice es que su llamado no es un asunto fortuito, es un plan; Dios lo “conoció” antes de formarlo en el vientre (Cp. Gen 4:1; Os 4:1; Am 3:2); antes de nacer se estableció el alcance de su ministerio: “profeta a las naciones”. El mensaje de Jeremías tendría implicaciones internacionales, en especial para Egipto, Asiria y Babilonia. Así, el Señor no es un “dios nacional” sujeto a las fronteras de Palestina, pues se presenta como el Señor de la historia, de los pueblos y naciones (46-51). La misión de Jeremías no es un añadido, sino que está inseparablemente unida a su existencia.
            Jeremías objeta el llamado divino bajo la excusa de su incapacidad de hablar, por ser un muchacho[4]. Dios le responde y le dice que su autoridad no radicará en la “experiencia” o en su adultez, sino en la palabra del Señor que recibirá y le capacitará. Jeremías debe asumir la misión, dejando atrás sus excusas. El irá y dirá. No debe tener miedo de los auditorios, porque su fuerza no estará en la popularidad de su mensaje sino en la salvación del Señor (vv.7, 8). Estas palabras están cargadas de significado; para el profeta son estas las que va a recordar cuando el desespero toque a su puerta o cuando enfrente el aparente fracaso de su misión. Aquí se repite una cuestión que se da claramente en la vocación de Moisés (Éx 3:1- 4:15). Pareciera que el requisito para la misión fuera no querer, no aceptar o declararse incapacitado.
            Ahora se presenta una investidura (vv.9, 10). A través de un acto simbólico, el Señor pone sus palabras en la boca del profeta. Los labios son de Jeremías, pero las palabras son del Señor. La palabra del Señor no está a disposición de Jeremías, ni es propiedad privada del profeta. Los seis verbos: arrancar, desmenuzar, arruinar, destruir, edificar y plantar, indican la doble naturaleza de la misión de Dios para el profeta: denuncia a través de cuatro verbos negativos, y da un anuncio de esperanza a través de dos verbos positivos. Se destruye para después edificar. Hasta aquí, entonces, podemos afirmar que “ningún profeta ha dicho ‘¡Señor, abrazo!’. Todos han sido abrazados por Dios. Ningún profeta ha dicho ‘¡Comprendo!’. Todos han sido comprendidos por Dios”[5].                                                                                                                                           Continuará…



[2] DEL OLMO LETE, Gregorio, La vocación del líder en el Antiguo Testamento: morfología de los relatos Bíblicos de vocación. UPS- Salamanca, 1973, p 270.
[3] El hebreo dice literalmente: “la palabra del Señor le aconteció a Jeremías”.
[4] El hebreo na’ar  traduce ‘muchacho’, ‘joven’ o ‘adolescente’.
[5] FISCHER, Georg, Guía espiritual del Antiguo Testamento: el libro de Jeremías. Herder-Madrid, 1996, p 43.

sábado, 10 de marzo de 2012

Poema de un sepelio aplazado

Poema de un sepelio aplazado
Salmo 30
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 34
            En este salmo de súplica personal el poeta alaba a Dios por haberle concedido la gracia de vivir después de un período de crisis, por una enfermedad que sufrió como muestra de un “tiempo de disciplina divina”. El poema tiene, además, una dimensión colectiva al ser usado, como lo indica su título, en la celebración de Hannukah: la conmemoración de la dedicación del templo, después de la victoria de Judas Macabeo en el 165 a.C. Pero, ¿Qué tiene que ver la experiencia individual del salmista con la experiencia colectiva de la dedicación del templo? Eso lo veremos al final. La estructura del salmo es sencilla y se expresa así[1]: 1) declaración introductoria (v.1); 2) un resumen inicial (vv.2, 3); 3) referencia a la crisis que había vivido (vv.6, 7); 4) recuerdo del clamor que había hecho (vv.8-10); 5) la liberación (v.11); 6) declaración final de alabanza (v.12).
            El salmista comienza asumiendo un compromiso individual de alabanza por lo que Dios ha hecho por él: lo ha rescatado o sacado del pozo (Is 26:19; Éx 2:16,19; Pr 20:5), y esto lo ha reivindicado ante la burla de sus enemigos (v.1). El poeta ha sido “sacado del pozo”, haciendo referencia a una enfermedad, y responde a ello con exaltación. Lo que dice ahora es que encontró en el clamor a Dios la solución para su condición de muerte. Dios lo sanó, haciéndolo subir de la tumba. Este canto lo genera un sepelio que no se dio, un entierro que no se llevó a cabo, una sepultura que no se ocupó. Es tal la emoción, que invita a otros a unirse en coro a Dios por lo que ha hecho con él (vv.2, 3). Dios, dice el salmista, no es ‘el abuelo querendón’, pero tampoco es la divinidad altanera y caprichosa. Su disciplina y su amor van de la mano, no como un binomio excluyente, sino como una dupla complementaria. Así trasforma el salmista su dicha personal en enseñanza general: “su ira dura solo un instante, pero toda una vida su amor; por la noche hay lágrimas, pero por la mañana habrá alegría” (v.5).
            Ahora describe su crisis como resultado de un acto de orgullo, un descuido. Hubo un momento de abundancia, éxito y prosperidad en su vida; se sintió cómodo, seguro y se olvidó de Dios (vv.6, 7 Cp. Dt 6:10-12); reconoció que todo lo que tenía provenía de él, pero que cuando Dios ocultó de él su mirada todo se vino a pique. El problema del salmista fue la autosuficiencia (Pr 16:18). Recuerda el clamor que hizo a Dios en aquella circunstancia y le dice a Dios que lo piense bien: que los muertos no pueden alabarlo, que los muertos no pueden testificar; es decir, “vivo te sirvo más que muerto”; en el cementerio no hay culto. Por la misericordia del Señor este sepelio debe postergarse (vv.8-10). La respuesta de Dios y la liberación divina es descrita en contrastes: lamento por baile, y vestido de luto por vestido de alegría. La liberación afecta su estado emocional y le hace ‘cambiar de closet’ (v.11). El poema cierra tal como abre: con una actitud decidida de alabanza por lo que Dios ha hecho[2].
            La experiencia individual del salmista, la cual estaba advertida en el Deuteronomio, llega a ser la experiencia colectiva de Israel. Cuando el pueblo de Dios llega a la tierra de Canaán, se acomoda, se vuelve orgulloso, se paganiza; Dios permite que sus instituciones colapsen y que caiga bajo los imperios de Asiria y Babilonia. El exilio fue una etapa dolorosa de disciplina y reacomodación teológica, que tenía como objetivo no la destrucción sino la preservación y purificación del pueblo, así como la recuperación de la dignidad de Dios (Ez 36: 22, 23). Ahora, si bien es cierto, no todo período de enfermedad o crisis se debe interpretar como parte de un proceso de disciplina divina a raíz de nuestros pecados, no obstante, todo tiempo de enfermedad y crisis debe invitarnos a la evaluación, la retroalimentación y a la oración. Recordemos que las cartas del NT, por ejemplo, surgieron para responder a crisis y problemáticas específicas que se desarrollaron dentro del seno de una iglesia en particular. Así, una crisis o un problema se convierten en reflexión teológica a la luz de la obra de Cristo.
             El poema tiene también una dimensión colectiva y cultica. Al cantarse en la celebración de hannukah, en el templo, tal vez se está sugiriendo que la celebración o culto comunitario se convierte en espacio para la celebración del perdón, la sanidad y la restauración divinas. De igual manera, Santiago, en el NT, también propone a la comunidad, a la iglesia, como un espacio para la sanidad, el perdón y la celebración; es decir, la comunidad tiene efectos terapéuticos (Sant 5:13-20). No obstante, los tiempos de disciplina divina son también actos de gracia que tienen un objetivo positivo: la restauración del pueblo o de un individuo en particular.  ¡Cantemos y alabemos a nuestro Dios, porque “su cólera dura un momento, pero toda una vida su favor”!  Fin.



[1] BRENEMAN, Mervin, Comentario Bíblico Mundo Hispano Tomo VIII: Salmos. Mundo Hispano- El Paso (Texas), 2010, p 141.
[2] La palabra que se traduce como ‘alma’ es realmente la palabra hebrea para ‘gloria’: kabod. Aquí se presenta, tal vez, una corrupción en el texto ya que la palabra hebrea para ‘hígado’ o ‘corazón’ es kabed.

martes, 31 de enero de 2012

La gran OMISIÓN y la gran COMISIÓN

La gran OMISIÓN y la gran COMISIÓN
Mateo 28:11-20
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 33
            Sin lugar a dudas, la parte mas leída y conocida del evangelio de Mateo es el texto de la “gran comisión” (28:16-20); su lectura ha impulsado los más grandes movimientos misioneros de la historia de la Iglesia; ha generado, además, una reflexión teológica profunda en cuanto a la naturaleza de la misión. Sin embargo, en la lectura que generalmente se hace en nuestras comunidades, se ha OMITIDO un hecho importantísimo, desde la perspectiva literaria, teológica y exegética: si se lee en su contexto, el texto hace parte de una unidad literaria más amplia, donde el autor quiere que veamos una tensión o contraste entre dos COMISIONES: la de los sacerdotes a los soldados (vv.11-15), y la de Jesús resucitado a sus discípulos (vv.16-20). Las dos presentan una estructura similar, que tiene que ver con quien(es) comisiona(n), los depositarios de la comisión, el poder bajo el cual la ejercen, y un mensaje. Todo esto, teniendo en cuenta el evento central, que no es otra cosa que la resurrección de Jesús. De esta manera se puede apreciar mejor la belleza literaria y la fuerza de las verdades que el relato contiene.
            La novedad de la resurrección de Jesús, comunicada por los soldados a los sacerdotes, hace que estos tomen medidas para opacar y explicar el hecho del porqué el cadáver de Jesús no está en la tumba. Mientras las mujeres van, los saldados también van (vv. 10,11)[1]. En la primera COMISIÓN encontramos, entonces, los siguientes detalles. Los que comisionan: los sacerdotes, la clase religiosa dirigente que pertenecía en su mayoría al partido de los saduceos (v.11). Los que reciben la comisión: los soldados romanos que vigilaban la tumba en la que había sido sepultado Jesús (Cp. 27:62-65). El poder bajo el cual se ejerce la comisión: el poder del dinero (v.12). Y, el mensaje: “digan: sus discípulos vinieron de noche y lo robaron [el cadáver] mientras nosotros dormíamos” (v.13). De esta manera, el relato que acaba de ser descrito, puesto entre la aparición de Jesús a las mujeres y la aparición de Jesús a sus discípulos, tiene como objetivo omitir el hecho de la resurrección. Esta es, entonces, la gran OMISIÓN.
            La segunda COMISIÓN empieza con un “pero”, un adversativo que no solo tiene la intención de contrastar este relato con el anterior, sino que también comunica que esta historia no ha terminado, que no se gasta y agota con el anuncio de los soldados, que hay otra forma de leer el hecho de la tumba vacía. Mientras que el relato de la gran OMISIÓN tiene como escenario a Jerusalén, este tiene como escenario a Galilea, lugar a donde los once discípulos se dirigen, obedeciendo un mandato de Jesús (v.16 Cp. 26:31). Sin embargo, la resurrección toma por sorpresa a algunos, por lo que este encuentro se lleva “entre la adoración y la duda”. Ahora, siguiendo la estructura propuesta para la lectura de estos relatos, este quedaría así: el que comisiona: Jesús (v.18). Quienes reciben la comisión: los discípulos, que ahora se dividen entre aquellos que adoran y aquellos que dudan (v.17, 18a). El poder bajo el cual se ejerce la comisión: el poder total (cielo y tierra) de Jesús resucitado (v.18a). La tarea y el mensaje: hacer discípulos, contándoles la historia de Jesús (vv.19, 20a). La promesa: la presencia constante de Jesús (v.20b Cp. 1:23). Esta es, entonces, la gran COMISIÓN[2].
            ¿Qué comunica este relato aquí y ahora? Quisiera terminar con dos reflexiones: una sobre el poder de quien envía, y otra sobre el mensaje que se les da a los discípulos. En primer lugar, debemos decir que la misión descansa en el poder total, sobre cielo y tierra, que pertenece ahora al Señor resucitado. En la lectura del evangelio podemos notar que existen poderes que compiten con la presencia de Jesús: Herodes (2:1-12), el diablo (4:1-11), la naturaleza (8:23-27), el poder político (27:11-26), y el poder religioso (22:15-46). Frente al poder del resucitado, los poderes son parodias o simples caricaturas. Así, la iglesia debe recordar siempre que la base para la misión es el Señorío de Jesús. La misión no tiene como fundamento el poder del dinero, el poder político, religioso o institucional. Los primeros discípulos no salieron para hacer Señor a Cristo, sino porque Cristo es el Señor.
            En segundo lugar, a la iglesia en su misión se le ha encomendado un mensaje; de esta manera, la iglesia no se inventa el mensaje, solo lo reproduce. La predicación es el acto que nace en la resurrección y que debe, básicamente, volver a contar la historia de cómo Dios, en la persona de Jesús, vino a morar entre nosotros para traernos liberación. Es por esto que el mensaje de la Iglesia debe ser eminentemente cristológico. Mientras haya mensaje habrá presencia de Jesús entre nosotros, y la iglesia caminará segura. Fin.


[1] Así tendríamos tres comisiones: la de las mujeres, la de los soldados y la de los discípulos.
[2] Estos dos relatos siempre han estado en tensión. Sin embargo, es en el siglo XIX cuando la academia comienza a cuestionar con mayor acento el hecho de la resurrección; aquí no solo entran algunas escuelas de investigación sobre el Jesús histórico, sino también la “desmitologización” de Bultmann. Ver MORELAND J.P. WILKINS, Michael, Eds, Jesús bajo sospecha: una respuesta a los ataques contra el Jesús histórico. Clie-Barcelona, 2003.
               

sábado, 7 de enero de 2012

Viaje al futuro

Viaje al futuro.
Reconocimiento y rechazo del don de Dios.
Nm 13-14.
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero 32
            El escritor norteamericano Alvin Toffler en su libro “El shock del futuro” intenta describir lo que le pasa a la gente que se siente abrumada por el cambio[1]. Su libro trata del modo en que nos adaptamos o dejamos de adaptarnos frente al futuro. Y es que, sin duda alguna, algo pasa cuando se está frente al cambio, cuando se enfrenta lo novedoso o cuando se esta frente a los desafíos del futuro. Así es que frente al futuro y a los desafíos que plantea se opta por renunciar a este para vivir un presente continuo o peor aun, para regresar al pasado. Este es el caso de la generación de israelitas que salió de Egipto. Meses después de haber salido de Egipto, de haber recibido la ley y haber construido el tabernáculo, el pueblo es puesto en marcha hacía su futuro, hacia la tierra prometida. Pero ¿Cómo es que esta generación niega la posibilidad del futuro? Eso lo veremos a continuación.
            En el desierto de Parán Dios le dice a Moisés, como estrategia militar normal, que envíe a un líder de cada una de los doce tribus para que reconozcan la tierra de Canaán (Nm 12:36-13:1-16). La tierra no era solo geografía sino teología. El don de la tierra era el cumplimiento de las viejas promesas de Dios hechas a Abraham y muestra palpable de la fidelidad de Dios. De esta manera personas, ley y tierra vienen a dar forma al pueblo de Dios (Gn 12:1-7; 15:13). Así, los doce lideres “viajan al futuro”, lo que para otros había sido solo un sueño, una quimera, para ellos es la realidad cercana. Cuarenta días fueron necesarios para observar de primera mano el don de Dios, la muestra del futuro, el racimo de uvas, habla por si solo. Sin embargo, cuando regresan al presente, al desierto de Parán en Cades, e informan ante la congregación, diez de los doce espías toman una actitud hermenéutica, pasan de la observación a la interpretación, se sienten intimidados por lo que vieron de tal manera que la congregación es también afectada (13:26-31). La tierra es buena pero es habitada por gigantes, son apabullados por el complejo de inferioridad. Perdieron el partido antes de jugarlo. No pudieron conquistar sus miedos, sus temores, sus gigantes.
            Ahora, rechazar la tierra era rechazar el don de Dios, solo dos de los espías, Josué y Caleb, se atrevieron a desafiar el concepto de la mayoría e introdujeron la teología en el asunto: recuerdan que este proyecto es idea de Dios y que él los introducirá en esa tierra (14:6-9). No obstante la congregación rechaza esa propuesta, se adhiere al concepto de la mayoría, es decir, de los diez espías y, lanza una propuesta desafiante: nombrar un líder y volver a Egipto. Ya que el futuro es intimidante, volvamos al pasado. Ya que la libertad cuesta, entonces volvamos a la esclavitud que promueve el Status Quo y no inquieta demasiado. “Dios quiere educar a Israel en la madurez humana y religiosa. La vuelta a Egipto significa la regresión a una etapa que debió superarse para siempre… Israel no cae en cuenta que tal actitud implica un retorno a la esclavitud. El bien esta en el futuro, no en un regreso”[2]. Parece que la mentalidad de esclavos se impone sobre la de la libertad. Salieron físicamente de Egipto pero lo llevaban con ellos en su forma de pensar. La congregación no resiste el desafío de dos soñadores y opta por matarlos y no logran hacerlo porque Dios interviene de manera directa en el asunto (14:10). El veredicto divino para esta generación es claro: “no quieren la tierra no la tendrán, todos morirán en el desierto” (14:23). Así, el que resiste ver el futuro, estará condenado a un presente continuo.
            La generación de israelitas que salió de Egipto quedó como ejemplo de incredulidad, sus infidelidades fueron muestras de la negación del amor de Dios (Sal 106:21). Toda la generación condenada a un presente continuo por renunciar a su futuro murió en el desierto y sobre ella una lápida que decía: “aquí yace la generación que pudo ser y no fue” (Nm 26:65). En el NT el apóstol Pedro advierte sobre la necesidad de aceptar el dolor y la prueba como parte del plan divino para imprimir lecciones a nuestro carácter (1 Ped 4:12-19). El autor de Hebreos hace lo propio cuando dice que el rechazo del don de Dios y que, en termino generales, la vida de fe requiere de la disciplina del buen padre Dios que nos llama al orden y al crecimiento (Heb 2:1-4). De esta manera el mañana siempre vendrá con sus desafíos, vendrá a sacarnos de nuestra “zona de comodidad”, frente a esto se dan dos opciones: la de los diez espías; volver al pasado, a la esclavitud; o la opción de los dos espías: agarrarse a una vieja promesa, desempolvarla y marchar enfrentando al futuro con sus desafíos creyendo en Dios. Todo esto pensando siempre en dos asuntos: en primer lugar que quienes rehúsan al futuro estarán condenados al presente; y en segundo lugar que las decisiones colectivas o individuales afectaran a las presentes y futuras generaciones[3].      Fin.


[1] TOFLLER, Alvin, El shock del futuro. Plaza & Janes-Barcelona, 1979, p 17.
[2] CROATTO, José, Historia de salvación: la experiencia religiosa del pueblo de Dios. Verbo Divino-Estella (Navarra), 2000, p 82.
[3] El libro de Deuteronomio empieza con un aire de sinsabor: lo que pudo durar 11 días duró 40 años. Así el camino más corto era el de la obediencia y la confianza en Dios (Dt 1:1-5).

viernes, 23 de diciembre de 2011

El villancico de María

El villancico de María
Lc 1:46-56
convozalta.blogspot.com/Jovanni Caballero31
            Los villancicos remontan su origen a los siglos XV y XVI. En un principio eran canciones del pueblo, de la gente del campo; por eso se les llama “villancicos”, pues eran cantos de los labriegos, de los trabajadores rurales, que en latín se les llamaba villanus; fue en el siglo XVII cuando se introdujeron en las celebraciones religiosas. Sus letras hablaban en un lenguaje popular acerca del misterio de la encarnación, y estaban inspirados en la liturgia de la Navidad. Aún hoy los villancicos cantan y celebran el nacimiento del Salvador. En la Biblia encontramos una canción a la que se le puede llamar, sin duda alguna, el primer villancico. Quien canta es una jovencita campesina de Belén a la que Dios se le aparece haciéndola recipiente de su gracia y protagonista directa de la historia de la salvación, al ser la madre del Mesías. Ella quedaría embarazada sin haberse acostado con hombre alguno; como es virgen pero no ingenua, pregunta cómo sería posible eso. Al enterarse del cómo se declara sierva de Dios y en total disposición a su palabra. De esta manera, lo que suscita el canto es la manifestación concreta de Dios en la historia, no solo de una mujer, sino de todo un pueblo (Cp.1:26-38).
            La canción de María, que es conocida también por su nombre en latín como “El magníficat”, tiene su paralelo con otra canción que, en respuesta a la manifestación divina, canta otra mujer: el canto de Ana (1 Sam 2:1-10). Además, la canción que nos ocupa aquí tiene tres estrofas en las que se desarrollan tres temáticas en torno a la manifestación de Dios. En la primera estrofa María canta acerca de la misericordia de Dios (vv.46-50). Ella expresa su dicha al entender que lo que Dios ha hecho en ella (permitir que sea la madre del Mesías), es una muestra de su misericordia; ese acto de Dios afectaría a todas las generaciones. En María, por pura elección divina, ha comenzado ya la realización de las promesas de Dios a su pueblo[1].
            En la segunda estrofa María canta del poder de Dios (vv.51-53). Aquí se presenta una inversión de la pirámide social: los poderosos, orgullosos y ricos son despojados de su condición, mientras que los pobres y hambrientos son complacidos por Dios. De esta manera esta canción es verdaderamente revolucionaria[2]. La obra de Dios en María y en todo el pueblo trayendo al Mesías presenta una revolución moral: “esparció a los soberbios”; una revolución social: “quitó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes”; y una revolución económica: “a los hambrientos sació de bienes y a los ricos despidió vacíos”. La llegada del Mesías es anuncio y denuncia; anuncio de buenas nuevas para unos y denuncia de las malas acciones de otros cuya posición era fruto de injusticia; así, la inversión presentada es un acto de justicia, pues Dios no es neutral, ya que asume posturas en la historia.
            En la tercera estrofa canta sobre la confiabilidad de Dios (vv.54-55). Aquí se dice que lo que Dios ha hecho en María es muestra del cumplimiento de viejas promesas hechas a Abraham, registradas en las Escrituras: traer salvación a todos (Gn 12:1-3; Is 66:11; Zac 2:14). Dios es confiable, actúa,  y no lo hace con base en caprichos personales, sino en sus promesas y en su palabra. Él no sufre de amnesia; cumple sus promesas porque se acuerda. María no canta en solitario sino que se une al coro del pueblo de Dios que cantó y cantaba esperando el cumplimiento de las promesas de Dios (2:25-53). El Mesías anunciado por los profetas está tocando a la puerta.            
            ¿Qué nos dice en esta navidad el villancico de María? En primer lugar, comunica que la base para la alabanza debe ser el actuar de Dios en la historia. Nuestras canciones son respuesta, no generadoras, del obrar de Dios en medio de su pueblo. Dada la comercialización de la “música cristiana”, a menudo no cantamos porque Dios se ha manifestado sino porque esta o aquella canción es la que está sonando o ha sido la más vendida. La mera valoración comercial se impone sobre la valoración teológica. En segundo lugar, el villancico de María no se parece a los que entonamos hoy. Aquel promueve una revolución; estos, el Status Quo. Basta con leer el evangelio para darse cuenta de que la presencia de Jesús y su mensaje incomodan. Este villancico nos dice que el evangelio trae consigo la muerte del orgullo, pone fin a las etiquetas y convenciones sociales o estructuras de poder que vejan al ser humano, y aboga por una equitativa distribución de los posesiones materiales (Hch 2:42-45). Los villancicos de hoy cantan felices a un niño que, desde su pesebre, no incomoda ni desafía a nadie. Pero nadie puede entonar el villancico de María sin ser convocado a un cambio, a una verdadera revolución en su vida.
            En tercer lugar, la canción hace un llamado a la confianza, a la esperanza. Parafraseando el viejo himno diríamos: “porque él vino triunfaré mañana; porque él vino ya no hay temor; porque sabemos que el futuro es suyo, la vida vale más y más solo por él”.
            Fin… tomemos una actitud mariana y cantemos en esta navidad “engrandece mi alma al Señor”.


[1] CARRILLO ALDAY, Salvador, El evangelio según San Lucas. Verbo Divino-Estella (Navarra), 2009, p 68.
[2] BARCLAY, William, Comentario al Nuevo Testamento: Lucas. Clie-Terrassa (Barcelona), 1994, p 29,30.